Neandertal y el apogeo del Paleolítico · PREHISTORIA
Datada en unos 17 000 años, en pleno periodo magdaleniense, la cueva de Lascaux reúne cerca de 1500 figuras pintadas o grabadas —un conjunto tan denso y tan logrado que alimentó durante mucho tiempo, erróneamente, una controversia sobre su edad: algunos vieron en ella un estilo pictórico más cercano al Solutrense que al Magdaleniense, antes de que las dataciones más recientes confirmaran su atribución a este último periodo.
La cueva se despliega en varios espacios de carácter bien distinto. La Rotonda, más conocida como Sala de los Toros, constituye su parte más célebre: allí se ven uros monumentales —uno de ellos supera los cinco metros de longitud—, caballos, ciervos y un animal enigmático apodado «el Unicornio». Le siguen el Divertículo axial, el Pasaje, y después la Nave, que reúne cuatro conjuntos principales —el panel de la Huella, el de la Vaca Negra, el del Ciervo Nadando y el de los Bisontes Enfrentados—, antes del Ábside y el Divertículo de los Félidos.
Los artistas de Lascaux dominaban técnicas pictóricas complejas: óxidos de hierro para los rojos y amarillos, dióxido de manganeso para los negros, aplicados con pincel, con tampón, o soplados con la ayuda de un hueso hueco para obtener efectos de difuminado. Aprovechaban también el relieve natural de la pared —resaltes y huecos— para dar volumen y movimiento a sus figuras, una sofisticación que explica la reputación de la cueva como una de las cumbres del arte parietal mundial.
Al fondo de la cueva, en un hueco llamado el Pozo, se encuentra la única representación antropomorfa de toda Lascaux: un hombre esquemático, con cabeza de pájaro, representado en erección, frente a un bisonte cuyas entrañas se derraman por el suelo, no lejos de un rinoceronte. Esta escena única ha suscitado, desde su descubrimiento, lecturas radicalmente opuestas. La interpretación tradicional ve en ella a un hombre derribado por el bisonte que acaba de destripar, víctima de su propia cacería. Otros investigadores proponen una lectura inversa: el hombre, lejos de estar vencido, se mantendría de pie, triunfante, frente a un animal ya muerto o agonizante. Una tercera vía, mitológica o chamánica, imagina una transferencia simbólica entre el hombre y el pájaro, preludio de un vuelo espiritual. Ninguna de estas lecturas ha logrado hoy un consenso, y la Escena del Pozo sigue siendo uno de los enigmas mejor guardados de la Prehistoria.
Reabierta al público tras la Segunda Guerra Mundial, la cueva debió cerrarse ya en 1963: el dióxido de carbono liberado por la respiración de los visitantes favorecía la proliferación de algas y mohos que amenazaban directamente las pinturas. Desde entonces, es Lascaux IV, una réplica integral y de una precisión notable, instalada a algunos cientos de metros de la cueva original, la que permite al público descubrir esta obra maestra sin poner en peligro su conservación.