Neandertal y el apogeo del Paleolítico · PREHISTORIA
El cuerpo del capítulo ya ha presentado las grandes innovaciones técnicas del Paleolítico superior —aguja de ojo, propulsor, adorno personal. Este zoom se centra en un aspecto distinto: la manera en que estos cazadores-recolectores organizaban concretamente su hábitat, a través de dos yacimientos franceses convertidos en referencias mundiales.
Descubierto en 1964 en una gravera de La Grande Paroisse, en Seine-et-Marne, el yacimiento de Pincevent ha proporcionado los vestigios de un campamento estacional de cazadores de renos, datado en unos 12 300 años. Excavado bajo la dirección de André Leroi-Gourhan, sigue siendo hasta hoy el mayor yacimiento magdaleniense descubierto en Europa, y uno de los mejor conservados.
Lejos de limitarse a recolectar objetos, Leroi-Gourhan desarrolló allí un enfoque que él mismo calificaba de «etnología prehistórica»: mediante la cartografía minuciosa de los hogares, las zonas de desecho y las concentraciones de herramientas, y mediante la técnica del reensamblaje —que consiste en volver a unir las lascas de sílex procedentes de un mismo bloque tallado para reconstruir el gesto del tallador—, se hizo posible reconstruir, casi en tiempo real, la organización cotidiana de un campamento de más de doce mil años de antigüedad.
En Étiolles, en el Essonne, se revela un aspecto muy distinto de la vida magdaleniense. El yacimiento fue descubierto en 1971 por arqueólogos aficionados, alertados por la presencia de sílex sacados a la superficie por el arado; equipos de la Universidad París 1 y del CNRS sacaron después a la luz una decena de campamentos superpuestos, repartidos en diez niveles de ocupación, con una treintena de hogares y más de 180 000 sílex tallados.
El yacimiento debe su renombre a la especialización excepcional de sus artesanos: capaces de tallar bloques de sílex de gran calidad para obtener láminas de hasta 40 centímetros de longitud, dominaban un saber hacer adquirido tras un largo aprendizaje. Los desechos de talla, lejos de dispersarse al azar, se agrupaban cuidadosamente en montones distintos —prueba del valor otorgado a esta materia prima escasa, lo que valió al yacimiento el apodo de «Pompeya de la Prehistoria».
Estos campamentos, ya se trate de Pincevent o de Étiolles, revelan una organización precisa del espacio: zonas de descanso, zonas de trabajo dedicadas a la talla de la piedra o a la preparación de pieles, y espacios colectivos organizados en torno al fuego. Este último ocupaba un lugar central —calentaba, iluminaba, permitía cocinar los alimentos y alejar a los grandes depredadores—, pero también servía de lugar de sociabilidad, donde probablemente se transmitían relatos y saberes de una generación a otra.
Esta vida cotidiana no se limitaba a la mera supervivencia: las excavaciones también proporcionan adornos personales —dientes de animales perforados, conchas traídas de costas a veces lejanas, cuentas talladas en marfil de mamut—, objetos que dan testimonio de una identidad social y un sentido estético ya plenamente afirmados.