La revuelta de Vercingétorix · ANTIGÜEDAD
El capítulo principal ilustra a Vercingétorix con la estatua monumental de Millet en Alise-Sainte-Reine, presentada explícitamente como una evocación del siglo XIX y no como un retrato de época. Este zoom va más allá: ¿existe siquiera una imagen de Vercingétorix realizada en vida? La respuesta, aportada por unas pocas monedas antiguas, resulta más incierta de lo que parece.
Solo a partir de los trabajos del numismático Jean-Baptiste Colbert de Beaulieu, en los años 1950 y 1960, se identifican y se vinculan a Vercingétorix una veintena de estáteras de oro y dos monedas de bronce con la leyenda «VERCINGETORIXS». Hoy se conocen menos de treinta ejemplares —un corpus extremadamente reducido, probablemente acuñado con urgencia durante la guerra, tal vez para pagar a mercenarios cuya lealtad, como la de tantas alianzas galas ya encontradas en estos capítulos, siempre resultaba negociable.
El retrato que figura en estas estáteras sorprende: una cabeza lampiña, de rasgos regulares, nariz muy recta, coronada por un cabello corto y rizado que termina en dos mechones que caen sobre la nuca —justo lo contrario de la imagen del guerrero bigotudo y con casco popularizada mucho más tarde por la estatuaria del siglo XIX y el cómic. Si esta imagen fuera fiel, ya contradiría en gran medida la iconografía posterior.
Pero la cuestión va más allá. Varios numismáticos especialistas en la moneda gala, entre ellos el propio Colbert de Beaulieu y después Brigitte Fischer, dudan de que este retrato represente realmente a Vercingétorix. Su estilo, considerado más convencional que realista, se inscribe en una tradición iconográfica helenística bien identificada: la de las estáteras de Filipo II de Macedonia, ampliamente imitadas en todo el mundo celta durante generaciones, que suelen mostrar la cabeza del dios Apolo. Según esta hipótesis, los grabadores se habrían limitado a asociar el nombre de Vercingétorix a una efigie divina ya estandarizada, sin buscar representar sus rasgos reales —una práctica habitual en la moneda antigua, donde el nombre inscrito a menudo importaba más que el parecido del retrato.