Roberto II el Piadoso: consolidar la monarquía capetia (996-1031) · PLENA EDAD MEDIA
La paz de Dios es un movimiento de asambleas y concilios, impulsado por obispos y abades, que busca encuadrar la violencia y proteger ciertos bienes y ciertas personas. El fenómeno es local, intermitente, y muy dependiente de la capacidad de los prelados para imponerlo.
Los contemporáneos no hablan de un Estado ausente: hablan de un orden cristiano amenazado. Las decisiones se toman en marcos religiosos (concilios, cánones), se respaldan con juramentos sobre reliquias, y se sancionan con penas espirituales (anatema).
La paz de Dios pretende, sobre todo:
No es antifeudal: no suprime ni los derechos señoriales sobre los dependientes ni los mecanismos consuetudinarios de venganza, pero busca limitar los excesos que afectan a terceros desarmados.
Existen señales tempranas (el plácito de Clermont en 958, la asamblea de Aurillac en 972). La primera asamblea de paz bien atestiguada es la de Charroux (989), seguida de reuniones en Narbona (990), en Le Puy (994), etc. Muchas se celebran sin príncipes: a menudo afectan a zonas periféricas donde la autoridad principesca interviene menos directamente.
Raúl Glaber describe la difusión del movimiento a partir de Aquitania y la impresión de “gran asamblea” en torno a las reliquias:
«En el año mil de la Pasión del Señor, […] primero en las regiones de Aquitania, los obispos, los abades y los demás hombres consagrados a la santa religión comenzaron a reunir al pueblo en asambleas plenarias, a las que se llevaban numerosos cuerpos de santos…»
Bajo Roberto II, la paz de Dios “asciende” hacia la corte. Se celebra una asamblea en Orleans el 25 de diciembre de 1010/1011. Conocemos sobre todo un eco litúrgico de ella, con un cántico atribuido a Fulberto de Chartres:
«Oh multitud de pobres, da gracias a Dios todopoderoso… Él te trae el descanso y la paz.»
Esta primera reunión resulta, sin embargo, insuficiente: la paz de Dios no es un dispositivo uniforme, y funciona sobre todo allí donde la Iglesia la necesita y puede hacerla respetar. Roberto multiplica después las asambleas (Compiègne, Ivois, Héry), lo que muestra una voluntad de crear marcos de negociación bajo tutela principesca y episcopal.
A partir de 1016, la influencia cluniacense refuerza y reorienta el movimiento. En Borgoña, se firma una paz regional en Verdun-sur-le-Doubs (1021) bajo autoridades eclesiásticas de primer orden (Hugo de Chalon, Odilón de Cluny) y, según algunas hipótesis, con el apoyo del rey.
Odilón impulsa la limitación de la venganza privada (faide) y el encuadramiento de la violencia mediante prohibiciones temporales, lo que prepara la tregua de Dios (concilio de Toulouges, 1027). El movimiento sigue siendo, no obstante, contrastado: algunos obispos del noreste, apegados a la tradición carolingia, rechazan la ostentación de reliquias y sostienen que solo el rey debe garantizar la paz; otros aceptan al menos compromisos “prometidos” en lugar de jurados.