Roberto II el Piadoso: consolidar la monarquía capetia (996-1031) · PLENA EDAD MEDIA
La imagen de una Europa “aterrorizada” al llegar el año 1000, a la espera del fin del mundo, es en gran medida un mito: se construye en la época moderna, y luego es popularizada por historiadores románticos del siglo XIX. Las investigaciones actuales distinguen mejor lo que corresponde a una cultura religiosa permanente de lo que correspondería a un pánico colectivo.
El cristianismo es una religión escatológica: la Salvación, el Juicio Final, la penitencia y los signos son temas constantes de la Edad Media. Pero eso no significa que los cristianos esperasen una fecha precisa para el fin del mundo.
El milenarismo literal (el temor a un acontecimiento “tras mil años”) fue discutido tempranamente y ampliamente contenido. Autores como Agustín interpretan los “mil años” del Apocalipsis de manera espiritual, no cronológica, y la Iglesia condena la idea de un milenio entendido en sentido estricto.
Nuestros relatos proceden sobre todo de clérigos, que interpretan de buen grado la historia a la luz del Apocalipsis. Los prodigios (incendios, hambrunas, cometas, sequías, terremotos) se describen como advertencias de Dios que llaman a la conversión.
Raúl Glaber, escribiendo varias décadas después, evoca un mundo amenazado por el caos. Pero este lenguaje escatológico no prueba un pánico generalizado: expresa una manera cristiana de explicar la desgracia y de recordar la exigencia de penitencia.
Hacia el año 1000, muy pocas personas saben calcular con precisión el año en curso: sobre todo clérigos, para la liturgia y las cartas. El tiempo se vive a través de las estaciones, las oraciones, las fiestas y los ritmos locales, y el año no comienza en todas partes en el mismo momento. Resulta, por tanto, difícil imaginar un miedo colectivo homogéneo, sincronizado “el 1 de enero del año 1000”.