Felipe I: perdurar en la Francia feudal (1060–1108) · PLENA EDAD MEDIA
En 1095, en el concilio de Clermont, el papa Urbano II llama a la cruzada. La movilización es sin precedentes. La “Francia” de la época de Felipe I no es un Estado unificado: es un conjunto de principados. La cruzada revela, pues, las fuerzas reales: son sobre todo los príncipes los que parten, más que el rey.
La partida de señores y caballeros produce efectos internos:
El rey debe lidiar con estos movimientos: algunas partidas pueden reducir una presión local, pero también pueden fortalecer a ciertas familias a su regreso, cargadas de prestigio.
Felipe I no dirige la expedición: su crisis con la Iglesia lo margina justo en el momento en que se lanza el acontecimiento. Mientras tanto, señores “franceses” desempeñan un papel de primer plano, como Raimundo de Toulouse o Godofredo de Bouillon.
El poder real, limitado, se concentra en un objetivo: mantener el orden del dominio e impedir que un príncipe aproveche el vacío creado por las partidas para apoderarse de un punto clave. La paradoja es sorprendente: un acontecimiento mayor, iniciado en su propio territorio, se desarrolla sin que el rey pueda ser su jefe.