Felipe II Augusto: la afirmación capetina (1180–1223) · PLENA EDAD MEDIA
En el cambio de la década de 1180, la política occidental está dominada por un doble juego: rivalidades feudales en el continente y acontecimientos importantes en Oriente.
Los Plantagenet controlan un mosaico de territorios (Inglaterra, Normandía, Anjou, Aquitania) y también pesan en Bretaña. Entre 1186 y 1188, los combates siguen siendo indecisos. Felipe Augusto busca entonces explotar las fracturas internas: acercarse a Ricardo para contener a Enrique II, mientras vigila el ascenso de Juan sin Tierra.
Finalmente se negocia una paz de statu quo, pero pronto queda condicionada por un imperativo religioso.
En 1187, la toma de Jerusalén por Saladino provoca una conmoción en Occidente. El papa Gregorio VIII llama a la cruzada. Felipe Augusto no se siente espontáneamente atraído por una expedición lejana, pero no puede negarse sin perder parte de su legitimidad: toma la cruz.
Sin embargo, intenta ganar tiempo, invocando peligros en el continente: la monarquía debe evitar que una partida prematura beneficie a rivales.
La muerte de Enrique II en julio de 1189 cierra esta secuencia. Felipe ya no puede volverse atrás: la cruzada se convierte ahora en un horizonte político tanto como en un compromiso religioso. El rey prepara entonces su partida, que abre la siguiente fase del reinado.