Felipe VI de Valois: una dinastía nueva, una guerra que se abre (1328–1350) · LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS
A mediados de la década de 1330, la guerra se vuelve probable. No es solo una “disputa de reyes”: está impulsada por presiones económicas, tensiones sociales y un juego de alianzas, en el que Escocia se convierte en un frente decisivo.
Desde finales del siglo XIII, el crecimiento de la población y los repartos hereditarios reducen el tamaño de las explotaciones. Las malas cosechas y las hambrunas (1314–1316) debilitan regiones enteras. Las ciudades industriales y mercantiles (en particular en Flandes) viven de circuitos de abastecimiento y exportación que hacen la crisis más violenta.
En este contexto, la nobleza busca ingresos: rescates, botín e impuestos recaudados en nombre de la guerra. Para Felipe VI, una guerra también puede justificar exacciones excepcionales cuando las finanzas están bajo tensión.
Francia y Escocia están vinculadas por la Auld Alliance (1295). En 1332, Eduardo Balliol desembarca en Escocia y reaviva la guerra; las victorias inglesas (Dupplin Moor, luego Halidon Hill) muestran la eficacia de una táctica que combina hombres de armas a pie y arqueros.
Eduardo III revoca el tratado de Northampton y se implica directamente: Francia comprende entonces que la Guyena y Escocia se convierten en asuntos vinculados. Felipe VI acoge a David II en 1334 y lo instala en Château-Gaillard: el objetivo es menos ganar Escocia que amenazar a Inglaterra.
La guerra de corso se intensifica en el mar. Felipe VI contempla una gran expedición, pero sus márgenes financieros son limitados y debe contar con flotas alquiladas. En paralelo, la mediación pontificia intenta contener la escalada.
En la primavera de 1337, la guerra franco-inglesa parece inevitable: el enfrentamiento pronto se declarará abiertamente.