Carlos V el Sabio: reconquista, Estado y Cisma de Occidente (1364–1380) · LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS
Carlos V muere el 16 de septiembre de 1380 en Beauté-sur-Marne, en el momento en que el reino ha recuperado una capacidad de acción que la Francia de 1356–1364 parecía haber perdido. El final de su reinado revela una constante: gobernar es tanto administrar y apaciguar como ganar asedios.
Al ver declinar su salud, Carlos V encuadra la minoría real. Mediante la ordenanza de Vincennes (1374), fija la mayoría de edad del rey en 14 años y organiza la regencia. El objetivo es evitar que una minoría abra la vía a las rivalidades principescas y a los golpes de fuerza.
La reina Juana de Borbón muere el 6 de febrero de 1378, tras el nacimiento de Catalina. Los cronistas insisten en el apego de la pareja. Es enterrada en Saint-Denis; su corazón se deposita en los Celestinos. Su muerte pesa sobre un rey ya debilitado.
El estado de guerra cuesta caro. En Languedoc, el aumento de las cargas fiscales alimenta una revuelta: la presión recae sobre una población ya fragilizada por la demografía y por zonas donde persisten routiers y fortalezas difíciles de reducir. La represión puede ser brutal (en particular en Nîmes, por acción del aparato principesco).
Carlos V elige otra vía: busca el apaciguamiento. Instituye el recurso contra los abusos, refuerza órganos financieros (entre ellos una Cámara del Tesoro) y alivia ciertas imposiciones pesadas. La lógica es política: no comprometer la reconquista con una crisis interna.
Carlos V muere en Beauté-sur-Marne, en un contexto de epidemia, mientras sus hijos son mantenidos al margen. Sus restos se reparten según un uso principesco y una lógica política:
Francia ha recuperado gran parte de las pérdidas de Bretigny, a menudo sin batalla campal, mediante asedios, adhesiones y recuperación progresiva de las plazas. Inglaterra conserva puntos importantes, pero el equilibrio estratégico se ha inclinado a favor de los Valois.
Carlos V ha consolidado:
Añade además un método de gobierno: dirigir desde el consejo, apoyarse en los oficiales, recurrir al derecho y evitar la decisión “espectacular” cuando pone en peligro a la dinastía. Esta construcción es eficaz, pero también hace que el Estado esté más presente: cuando el impuesto se percibe como excesivo, la contestación apunta directamente a la monarquía.
El rey deja el trono a Carlos VI, todavía joven. Una minoría, o una autoridad debilitada, puede reavivar las rivalidades de los príncipes y poner en peligro los logros de la reconquista.
Carlos V busca conciliar centralización y delegación: la política de los apanajes debe permitir gobernar provincias alejadas sin perder el control dinástico. Encuadra así la regencia y la tutela para evitar la confiscación del poder por sus hermanos. Pero después de 1380, la regencia y el acceso a los ingresos fiscales se convierten en un desafío: los principados adquieren de hecho una autonomía mayor, y el equilibrio puede romperse, hasta los enfrentamientos del siglo XV.
La lógica de “Estado fuerte” también se prolonga: impuestos más regulares y ejército asalariado se convierten progresivamente en la norma, aunque estas herramientas son cuestionadas y a veces desmanteladas. Varias décadas más tarde, se retomarán reformas comparables para estabilizar de manera duradera el esfuerzo militar.
Por último, la obra cultural e institucional trasciende el reinado: la Librería del rey del Louvre sirve de matriz a una tradición de biblioteca soberana, aunque las colecciones se dispersen y luego se reconstituyan. En el plano religioso y político, el Cisma acelera la idea de una Iglesia de Francia más autónoma: un camino que conducirá, más tarde, al galicanismo.