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Esta evaluación tranquilizadora permitió a Enrique III conservar toda su lucidez en las horas siguientes: él mismo dictó cartas a las ciudades que le seguían siendo fieles para atajar los rumores más alarmistas, y escribió a su esposa \u003Cstrong>Luisa de Lorena\u003C/strong>, entonces en el castillo de Chenonceau, asegurándole que pronto podría volver a montar a caballo. Pero, al haber perforado la hoja el intestino delgado, un lavativa prescrita por los médicos esa misma tarde precipitó en realidad el agravamiento de su estado: al llegar la noche, se declaró la peritonitis y los sufrimientos del rey se volvieron atroces, apenas calmados por opiáceos.\u003C/p>\n\u003Chr>\n\u003Ch2>👑 El reconocimiento de Enrique de Navarra\u003C/h2>\n\u003Cp>Fue en esas últimas horas, cuando la esperanza de sobrevivir se desvanecía, cuando Enrique III puso sus últimas fuerzas al servicio de la continuidad monárquica. Al recibir la visita de su primo y aliado \u003Cstrong>Enrique de Navarra\u003C/strong>, exhortó a sus propios sirvientes y oficiales presentes a reconocerlo como su sucesor legítimo, respetando así hasta el final las leyes fundamentales del reino que él mismo tanto había dudado en hacer cumplir en vida. Murió durante la noche, hacia las tres de la madrugada del 2 de agosto de 1589, a los treinta y siete años, tras quince años y dos meses de reinado. El cronista \u003Cstrong>Pierre de L’Estoile\u003C/strong>, que había frecuentado la corte a lo largo de esos años, resumió el sentimiento encontrado que dejó su desaparición con una fórmula que ha quedado célebre: «Este Rey era un buen príncipe, si hubiera encontrado un siglo mejor» —juicio compartido, en distinto grado, por la posteridad, dividida entre el recuerdo de un soberano inteligente y culto y el de un reinado marcado por el fracaso político y un final trágico.\u003C/p>\n\u003Chr>\n\u003Ch2>🧠 Para recordar\u003C/h2>\n\u003Cul>\n\u003Cli>\u003Cstrong>1 de agosto de 1589\u003C/strong>: herido en Saint-Cloud, Enrique III es considerado inicialmente fuera de peligro por los médicos, que recosen la herida sin medir su verdadera gravedad\u003C/li>\n\u003Cli>El rey aprovecha este respiro aparente para escribir a Luisa de Lorena y tranquilizar a las ciudades que aún le son fieles\u003C/li>\n\u003Cli>Una lavativa prescrita esa tarde agrava en realidad la perforación intestinal; la peritonitis se declara esa misma noche\u003C/li>\n\u003Cli>Antes de morir, Enrique III exhorta a sus sirvientes a reconocer a Enrique de Navarra como su sucesor legítimo\u003C/li>\n\u003Cli>\u003Cstrong>2 de agosto de 1589\u003C/strong>, hacia las tres de la madrugada: el rey muere a los treinta y siete años, tras quince años de reinado\u003C/li>\n\u003C/ul>\n\u003Chr>\n\u003Cp>\u003Cstrong>Fin del capítulo sobre Enrique III. Próximo capítulo\u003C/strong>: Enrique IV y el edicto de Nantes: la reconstrucción del reino (1589-1610).\u003C/p>\n",true,false,"Entre el navajazo asestado por Jacques Clément y la muerte del rey transcurrió casi un día entero —una agonía durante la cual Enrique III, creyendo primero en",1786625702505]