Luis XIII y Richelieu: la afirmación del absolutismo (1610-1643) · ANTIGUO RÉGIMEN
Celebrado en Burdeos el 25 de noviembre de 1615, el matrimonio de Luis XIII y Ana de Austria unía a dos adolescentes de catorce años a quienes todo separaba —la lengua, la educación, el temperamento— y cuya unión, aunque sellada por la razón de Estado, tardó casi un cuarto de siglo en dar los frutos dinásticos que se esperaban de ella.
La joven pareja, apenas reunida en la corte de Francia, chocó de inmediato con la incomprensión: Ana, educada en España en la más estricta devoción católica, todavía hablaba mal el francés, mientras Luis XIII, reservado y ya marcado por su desconfianza hacia todo lo que recordara a España, no veía en ella más que a una extranjera. El matrimonio no se consumó de inmediato: no fue hasta el 25 de enero de 1619, bajo la presión del duque de Luynes, preocupado por evitar a España cualquier pretexto para reclamar la anulación de la unión, cuando el rey compartió por primera vez el lecho de la reina —episodio que relata, hora por hora, el diario de su médico Jean Héroard, según el cual el joven rey, entonces de diecisiete años, experimentó al respecto una incomodidad y una aprensión duraderas.
Los años siguientes permanecieron marcados por la escasez de los acercamientos conyugales y por el aislamiento de Ana en la corte: objeto de burlas por parte de los cortesanos, mantenida a distancia por una suegra celosa y luego por un Richelieu desconfiado ante toda influencia española, la reina debió esperar casi veintitrés años de matrimonio antes de dar un heredero a la corona. Solo a partir de la década de 1630, ayudada por la madurez, la relación entre los dos esposos conoció una mejora progresiva, hasta el nacimiento, el 5 de septiembre de 1638, del delfín Luis Dios-dado, y luego el de un segundo hijo, Felipe, en 1640.
Durante todo el reinado de Luis XIII, la influencia política de Ana de Austria permaneció estrictamente contenida. Richelieu, que temía una inclinación natural de la reina hacia su patria de origen, la hizo vigilar de cerca; el episodio de la conjura de Chalais, en 1626, en el que se la sospechó de haber favorecido un proyecto destinado a sustituir a Gastón de Orleans por su propio esposo, no hizo sino aumentar esta desconfianza. Solo con la muerte de Luis XIII, en 1643, Ana de Austria accedió por fin al poder real, al obtener del Parlamento una regencia sin reparto para su hijo Luis XIV —revancha inesperada de una unión largamente vivida como un matrimonio de conveniencia sin afecto.