Los orígenes de la humanidad · PREHISTORIA
El capítulo principal ya ha presentado los grandes referentes franceses de esta especie: la mandíbula de Mauer que le da nombre, el cráneo del hombre de Tautavel, o los hábitats de Terra Amata y Menez-Dregan. Pero Homo heidelbergensis desborda ampliamente las fronteras francesas. Dos yacimientos, uno en Inglaterra, otro en África austral, permiten ir más lejos —y plantean una pregunta que la ciencia todavía no ha zanjado: ¿es esta especie realmente una sola?
El yacimiento de Boxgrove, en el sur de Inglaterra, se excava desde 1982. Ha proporcionado una tibia humana parcial y dos dientes, datados en unos 500 000 años y atribuidos a Homo heidelbergensis —la tibia constituye el único elemento poscraneal de esta especie hallado en Europa del Norte, conservado hoy en el Natural History Museum de Londres.
El yacimiento conserva también los restos de un caballo abatido por su carne. El estudio de estos huesos por los investigadores Simon Parfitt y Silvia Bello reveló que varios de ellos habían sido utilizados como «retocadores», es decir, como herramientas empleadas para dar forma por percusión a piezas de sílex —una prueba directa de que la caza de grandes presas iba ya acompañada de una explotación metódica de los subproductos animales, huesos incluidos, y no solo de los tejidos blandos.
En 1921, en la mina de plomo y zinc de Broken Hill, en Zambia (entonces Rodesia del Norte), el minero suizo Tom Zwiglaar sacó a la luz un cráneo fósil de una conservación excepcional. Atribuido en un principio a una especie distinta, Homo rhodesiensis, este fósil —el primer fósil humano arcaico jamás descubierto en el continente africano— fue después vinculado por numerosos investigadores a Homo heidelbergensis, sin que su posición exacta alcanzara consenso.
Su anatomía compone un auténtico mosaico: un rostro ancho, arcos superciliares gruesos, una frente inclinada, pero una capacidad craneal de 1300 cm³, comparable a la del hombre moderno. Una datación reciente ha trastocado además la cronología admitida: el cráneo de Kabwe no tendría más que 299 000 años, más o menos 25 000—una edad mucho más tardía de lo esperado, que acerca este fósil africano al periodo en que Homo sapiens empezaba apenas a emerger en el mismo continente.
Estos dos yacimientos ilustran una dificultad más amplia: Homo heidelbergensis no dispone, a día de hoy, de ninguna definición consensuada dentro de la comunidad científica. Dos posturas se enfrentan. La primera agrupa bajo un mismo taxón el conjunto de fósiles europeos y africanos del Pleistoceno medio, apoyándose en sus semejanzas morfológicas de conjunto. La segunda prefiere distinguir Homo heidelbergensis, reservado a los fósiles europeos como los de Mauer, Tautavel o Boxgrove, de Homo rhodesiensis, que designaría los fósiles africanos como el de Kabwe —juzgados, según ciertos criterios, más próximos a Homo sapiens. Esta segunda postura es defendida en particular por investigadores del Musée de l’Homme, en París.
Trabajos más recientes van aún más lejos: los paleoantropólogos reunidos en torno a Jean-Jacques Hublin sugieren que el conjunto de fósiles hoy agrupados bajo este nombre quizá no forme una especie coherente, sino que abarque varias poblaciones distintas reunidas por razones de conveniencia clasificatoria más que de parentesco biológico probado. El nombre Homo heidelbergensis, lejos de ser un simple referente cronológico, sigue siendo así un objeto de investigación por derecho propio.