
Environ 1,2 million à 400 000 ans avant notre ère
Mucho antes de que el nombre «Francia» designara un territorio o una nación, el suelo que ocupa hoy ya era recorrido, hollado y explotado por grupos humanos llegados de África en sucesivas oleadas. Los indicios más antiguos conocidos se remontan a unos 1,2 millones de años, hallados en tres puntos distintos del territorio —en el Hérault, en la Costa Azul y en el Centro—, prueba de que esta presencia no fue ni aislada ni excepcional, sino profundamente arraigada en la larga duración del Pleistoceno.
Reconstruir este periodo plantea una dificultad propia de la arqueología de los orígenes: los vestigios son escasos, fragmentarios, y su interpretación es objeto de debates científicos a veces intensos. El yacimiento de Chilhac, presentado durante mucho tiempo como uno de los más antiguos de Europa, perdió ese estatus al no hallarse pruebas de talla intencional; las cabañas de Terra Amata, descritas por Henry de Lumley como el hábitat estructurado más antiguo de Francia, son cuestionadas por Paola Villa; el dominio del fuego, tanto en Tautavel como en La Micoque, sigue siendo una cuestión abierta más que una certeza establecida. Este capítulo opta por asumir esta incertidumbre en lugar de ocultarla.
Sobre este trasfondo cambiante se dibuja, sin embargo, una trayectoria coherente: la de un progreso técnico de una lentitud extrema, pero continuo. A los guijarros toscamente tallados del Olduvayense sucede, a partir de 760 000 años, el bifaz achelense, más simétrico y más eficaz; paralelamente, grupos humanos anónimos ceden el paso a una especie mejor definida por la ciencia, Homo heidelbergensis, cuyo cráneo de Tautavel ofrece el retrato más completo hallado en Francia.
Cuatro grandes ejes estructuran este capítulo: los primeros asentamientos del territorio y su distribución geográfica, la llegada de una industria y una especie nuevas, el estudio detallado de un yacimiento emblemático a través del ejemplo de Tautavel, y por último la convivencia cotidiana con una megafauna hoy desaparecida, a la vez recurso y peligro constante.
Este largo relato de los orígenes, que abarca casi un millón de años, prepara el terreno para la llegada de una nueva especie, mejor adaptada a los climas fríos de Europa: el Hombre de Neandertal, cuyo asentamiento duradero abre el capítulo siguiente.
Mucho antes de que Francia existiera como entidad política, el territorio que ocupa hoy ya era recorrido por grupos humanos. Los indicios más antiguos proceden de tres regiones distintas, lo que atestigua una presencia amplia y no puntual en el suelo francés desde los inicios del Pleistoceno inferior. En Bois-de-Riquet, en el municipio de Lézignan-la-Cèbe (Hérault), un equipo mixto del CNRS y el Museo Nacional de Historia Natural sacó a la luz en agosto de 2008 veintitrés herramientas talladas en cuarcita y basalto, asociadas a más de cuatrocientos restos faunísticos pertenecientes a una veintena de especies —bóvidos, équidos, cérvidos, roedores, carnívoros, reptiles, aves, y posiblemente restos de mamut—. Datada en unos 1,2 millones de años, esta asociación, poco frecuente para un periodo tan remoto, de herramientas líticas y fósiles datables en una misma capa geológica sitúa el yacimiento entre los más antiguos de Europa occidental, junto a Pirro Nord en Italia y Kozarnika en Bulgaria.
En la Costa Azul, la cueva del Vallonnet, en Roquebrune-Cap-Martin (Alpes Marítimos), aporta un testimonio complementario. Descubierta en 1958 por una niña de ocho años, Marianne Van Klaveren, ha sido objeto de excavaciones sistemáticas desde 1962 bajo la dirección de Henry de Lumley, y después de Pierre-Élie Moullé. La capa III del yacimiento, datada en unos 1 millón de años por paleomagnetismo —confirmada en 2017 por una datación de uranio-plomo que sitúa el conjunto entre 1,2 y 1,1 millones de años—, ha proporcionado ciento once herramientas de tipo olduvayense talladas en caliza, arenisca, cuarzo y sílex, sin retoque alguno. Las veinticinco especies de mamíferos identificadas —oso de las cavernas, pantera, tigre dientes de sable, hiena, rinoceronte, elefante meridional— dan testimonio de un clima seco y un paisaje de bosque claro de robles. Huesos con marcas de fractura evidencian la extracción de médula, pero la ausencia de todo hogar o rastro de vivienda sugiere un comportamiento más próximo al carroñeo que a la caza activa.
Más hacia el centro del país, el yacimiento de Pont-de-Lavaud, en el municipio de Éguzon-Chantôme (Indre), descubierto en 1982, completa este panorama. Una datación por resonancia de espín electrónico aplicada al cuarzo fluvial sitúa la ocupación entre 1,1 y 0,8 millones de años. La industria hallada allí, basada en una técnica bipolar sobre yunque combinada con la percusión directa con percutor duro, produce objetos apuntados a partir de guijarros y vetas de cuarzo local. Su ubicación, alejada de las costas mediterráneas de los dos yacimientos anteriores, demuestra que estos grupos humanos no se limitaban al entorno mediterráneo, sino que se aventuraban tierra adentro, pese a marcadas oscilaciones climáticas periglaciares.
Estos tres yacimientos comparten una misma industria, calificada de arcaica u olduvayense: guijarros toscamente acondicionados y lascas en bruto, sin retoque secundario, muy por debajo de la sofisticación del bifaz que caracterizará el periodo siguiente. Ninguno de ellos permite atribuir con certeza estos vestigios a una especie humana identificada con precisión —ni Homo erectus ni Homo heidelbergensis están formalmente atestiguados allí—, y la prudencia científica obliga a hablar simplemente de «grupos humanos arcaicos». Un cuarto yacimiento, en Chilhac (Alto Loira), presentado durante mucho tiempo como uno de los depósitos más antiguos de Europa con guijarros acondicionados datados entre 1,2 y 2 millones de años, ha perdido desde entonces ese estatus: los trabajos de P.-J. Texier, posteriores a las excavaciones de Christian Guth en los años 1970, no hallaron ninguna prueba de talla intencional, pudiendo las formas observadas resultar de procesos volcánicos naturales. El episodio ilustra hasta qué punto la atribución de un yacimiento a una presencia humana descansa en un examen riguroso, más que en la sola antigüedad aparente de los vestigios.
Estas poblaciones vivían en un contexto climático inestable, marcado por la alternancia de fases glaciares e interglaciares que ritma todo el Pleistoceno. La glaciación de Günz, la más antigua de las grandes glaciaciones alpinas identificadas por los geólogos, cierra este periodo hacia 600 000 a 540 000 años antes de nuestra era —un límite que corresponde aproximadamente al auge de una industria nueva, más elaborada: el bifaz achelense.
🔍 Zoom – Los vestigios humanos más antiguos de Francia
Hacia 760 000 a 700 000 años antes de nuestra era, una nueva industria lítica, nacida en África oriental casi un millón de años antes, alcanzó Europa occidental: el Achelense sucede a la industria arcaica de los yacimientos anteriores. El nombre de esta industria proviene de un yacimiento francés, el de Saint-Acheul, en las afueras de Amiens (Somme), donde sílex tallados fueron descritos ya en 1854 por el doctor Rigollot, antes de que excavaciones dirigidas por Albert Gaudry y luego Gabriel de Mortillet llevaran a este último a proponer el término «achelense». En Francia, la llegada de esta industria al territorio está también atestiguada por los yacimientos de Moulin Quignon y La Noira, en Brinay (Cher), datados entre 695 000 y 670 000 años. A diferencia de los guijarros toscamente acondicionados del periodo anterior, el bifaz achelense revela un dominio técnico inédito: tallado por percusión blanda sobre grandes lascas, presenta una simetría bilateral cuidada, sin las fracturas irregulares que marcaban la industria precedente.
Leyenda: Bifaz de Saint-Acheul, Muséum de Toulouse — Didier Descouens, CC BY-SA 4.0
Esta ruptura tecnológica coincide con la afirmación, en suelo europeo, de una especie mejor definida que los grupos arcaicos anónimos de la sección anterior: Homo heidelbergensis. Descrita en 1908 por Otto Schoetensack a partir de una mandíbula descubierta el año anterior en una gravera cerca de Heidelberg, en Alemania —de ahí su nombre—, la especie se extiende ampliamente por el continente, desde Alemania hasta Grecia, desde Inglaterra hasta Portugal, y ocupa Francia en varios yacimientos, entre ellos el de Tautavel, examinado más adelante. Dotada de una capacidad craneal de entre 1000 y 1300 cm³ y una estatura media de unos 1,65 m en los varones, Homo heidelbergensis es considerada hoy por los genetistas como el probable ancestro común de los neandertales europeos y los denisovanos asiáticos, una divergencia estimada hace unos 450 000 años.
A esta misma especie se atribuye el hábitat estructurado más antiguo conocido en territorio francés, en Terra Amata, en el monte Boron, en Niza. Descubierto durante obras de movimiento de tierras interrumpidas en 1965, el yacimiento fue objeto de excavaciones oficiales dirigidas por Henry de Lumley del 28 de enero al 5 de julio de 1966. Una datación por resonancia de espín electrónico sitúa la ocupación en torno a 400 000 años (380 000 ± 80 000). De Lumley describe allí veintiuna cabañas ovaladas superpuestas, de nueve a dieciséis metros de largo, construidas sobre una armazón de estacas de madera, cada una organizada en torno a un hogar central protegido por un murete de piedras, donde se habría calentado goethita para obtener un pigmento rojo. Esta interpretación, considerada durante mucho tiempo una referencia en los manuales, ha sido sin embargo cuestionada por la arqueóloga Paola Villa, quien propone una datación más tardía, en torno a 230 000 años, y pone en duda incluso la existencia de las cabañas, estimando que el estado de conservación del yacimiento fue sobrestimado —un debate que ilustra los límites de la interpretación arqueológica ante vestigios tan frágiles.
Leyenda: Excavación de rescate en Terra Amata — Oscar Rapaz, CC BY-SA 4.0
La cuestión del dominio del fuego encuentra una respuesta menos discutida en Menez-Dregan, en el municipio de Plouhinec, en Finisterre. Descubierto en 1985 por Bernard Hallégouët, este yacimiento ha proporcionado, tras más de treinta años de campañas de excavación, una secuencia de ocupación que se extiende de 500 000 a 200 000 años. Su capa más antigua, datada en 465 000 años, se considera una de las huellas más antiguas del mundo de fuego dominado por el ser humano —solo otros cuatro yacimientos en el mundo ofrecen indicios comparables para un periodo tan remoto. Capas más recientes, datadas entre 396 000 y 369 000 años, muestran hogares claramente estructurados: piedras dispuestas en círculo o en arco, asociadas a concentraciones de carbón vegetal. Más de ciento cincuenta mil vestigios líticos, principalmente en sílex tallado y guijarros de arenisca acondicionados, han sido recogidos y estudiados en el laboratorio de arqueología de Rennes. En otros lugares de Europa, la dificultad de distinguir una combustión de origen humano de un incendio natural hace excepcional esta datación: las cenizas y los carbones se conservan mal, y son escasos los yacimientos donde un hogar acondicionado puede identificarse de forma inequívoca.
En los Pirineos Orientales, una cavidad kárstica que domina el valle del Verdouble desde ochenta metros de altura ha proporcionado uno de los yacimientos más ricos de la prehistoria europea. La Caune de l’Arago, en Tautavel, fue objeto de primeras observaciones ya en 1829, pero no fue hasta 1948 cuando comenzaron allí excavaciones sistemáticas, que se intensificaron en 1964 bajo la dirección de Henry de Lumley y Marie-Antoinette de Lumley. Un primer diente humano fue descubierto allí en 1965, preludio del hallazgo que hizo célebre el yacimiento: durante el verano de 1971, el equipo sacó a la luz un cráneo fósil parcial, bautizado Arago 21.
Leyenda: La Caune de l’Arago, Tautavel — Toony, CC BY-SA 3.0 / GFDL
Este cráneo pertenece a un individuo varón de unos veinte años, de aproximadamente 1,65 m y un peso de 45 a 55 kg. Su frente plana y huidiza y sus arcos superciliares prominentes se combinan con una capacidad craneal de 1150 cm³, medidas que permiten datarlo en unos 450 000 años. Sus descubridores propusieron en un principio ver en él una subespecie distinta, Homo erectus tautavelensis, pero la mayoría de los autores actuales atribuyen ya estos fósiles a Homo heidelbergensis —la misma especie ya encontrada en Terra Amata y Menez-Dregan. El relleno sedimentario de la cueva, de más de quince metros de espesor, cubre una ocupación del yacimiento que se extiende entre 700 000 y 100 000 años; los niveles arqueológicos principales, agrupados en el «conjunto III», se sitúan entre 450 000 y 300 000 años.
Leyenda: Molde del cráneo Arago 21, Museo de Tautavel — Luna04, CC BY-SA 3.0 / GFDL
La posición de la cueva no es casual: situada ochenta metros por encima de un vado por el que transitaban las manadas de grandes herbívoros, ofrece un puesto de observación ideal para localizar a las presas en la llanura. Se han identificado ciento veintidós especies animales, siendo el caballo esbelto (Equus mosbachensis tautavelensis) la presa principal, junto a bisontes, renos, ciervos, gamos, muflones, rinocerontes y osos de Deninger. La industria lítica hallada en el lugar, elaborada en un 80 % con materiales locales —esencialmente cuarzo—, comprende raederas, herramientas con muescas y guijarros tallados; el bifaz, entonces en pleno auge en otras partes del territorio, sigue siendo aquí excepcional, con menos de un ejemplar por cada mil herramientas.
Más allá del propio cráneo Arago 21, se han exhumado del yacimiento más de ciento cincuenta restos humanos, incluidos huesos de niños y adultos, lo que sugiere una ocupación por grupos mixtos más que por individuos aislados. Un detalle llama especialmente la atención de los investigadores: el propio cráneo Arago 21 presenta marcas de herramientas líticas utilizadas para descarnarlo, un indicio de práctica caníbal dentro del grupo. La cuestión del dominio del fuego en el yacimiento sigue, en cambio, debatida: algunos trabajos sugieren una alimentación cárnica consumida cruda, a falta de un hogar identificado con certeza, mientras que otros mencionan huellas de combustión entre los vestigios —un punto que las publicaciones arqueológicas aún no han zanjado de forma unívoca [Por verificar].
En Dordoña, en el municipio de Les Eyzies-de-Tayac-Sireuil, el yacimiento de La Micoque ofrece uno de los testimonios más continuos de esta antigua ocupación del territorio. Señalado por primera vez en 1895 por un propietario que advirtió piedras «que le parecieron retocadas», fue objeto después de una larga serie de excavaciones: Louis Capitan desde 1896, Édouard Harlé en 1897, Denis Peyrony en 1898 y luego de 1929 a 1932, Otto Hauser entre 1906 y 1907, y finalmente François Bordes en 1956. El conjunto arqueológico más antiguo se sitúa entre los estadios isotópicos 12 y 10, es decir, unos 480 000/425 000 a 370 000/335 000 años —un intervalo que sitúa los vestigios más antiguos del yacimiento hacia 450 000 años, en continuidad directa con Tautavel.
Leyenda: Abrigo de La Micoque, Les Eyzies-de-Tayac-Sireuil — Sémhur, CC BY-SA 4.0
El caballo (Equus caballus y Equus mosbachensis) domina ampliamente la fauna hallada en todos los estratos, junto a bóvidos, ciervos comunes y cabras montesas. La explotación de estos animales no se limitaba al consumo de carne: los huesos largos aparecen sistemáticamente fracturados, práctica que revela la voluntad de extraer la médula, un recurso nutritivo denso especialmente buscado. Sin embargo, no se ha hallado ningún hogar en el yacimiento, lo que deja abierta la cuestión de en qué medida estos grupos dominaban ya el fuego en este periodo —una incertidumbre que se une a la ya encontrada en Tautavel. Al no haberse hallado tampoco restos humanos en La Micoque, la atribución de los vestigios sigue siendo presunta, entre Homo erectus tardío y Homo heidelbergensis.
La industria lítica hallada en el lugar, denominada tayaciense, se distingue por un tallado poco elaborado, que produce sobre todo raederas, denticulados y muescas —una fabricación más tosca que el bifaz achelense que se desarrollaba en otras partes del territorio en la misma época, prueba de que varias tradiciones técnicas coexistían entonces en suelo francés.
🔍 Zoom – La megafauna del Pleistoceno
Más allá del caballo cazado en La Micoque, estos grupos compartían su territorio con un bestiario de gigantes hoy desaparecidos —mamuts lanudos, rinocerontes lanudos, bisontes de las estepas— así como con temibles depredadores, el león de las cavernas y el oso de las cavernas, capaces de disputar a los humanos sus presas o sus refugios. Esta convivencia imponía una vigilancia constante, en la que la supervivencia dependía tanto de la cooperación dentro del grupo como de la transmisión, generación tras generación, de los conocimientos de caza y de las rutas seguras.
Hacia 400 000 años, esta larga fase de ocupación por poblaciones arcaicas o por Homo heidelbergensis toca a su fin. Una nueva especie humana, mejor adaptada a los rigores del clima europeo, se dispone a ocupar a su vez el territorio francés durante varios cientos de miles de años: el Hombre de Neandertal.