La Edad del Bronce y los albores del Hierro · PREHISTORIA
El fenómeno de los oppida (singular: oppidum) no pertenece al periodo cubierto por el capítulo principal: lejos de los albores de Hallstatt, que se cierran hacia el 600 a. C., estas ciudades fortificadas en altura no se generalizan hasta el final mismo de la Edad del Hierro, en los últimos siglos antes de nuestra era, en vísperas de la conquista romana. No dejan de constituir, sin embargo, la culminación del mismo proceso de jerarquización y concentración del poder ya observado en este capítulo, llevado aquí a su más alto grado de organización colectiva.
Para rodear estos yacimientos, los celtas desarrollan una técnica de fortificación que impresionará hasta al propio Julio César en sus comentarios sobre la guerra de las Galias: el murus gallicus. La muralla se apoya en un talud de tierra y piedras, reforzado por dentro mediante una red de vigas de madera ensambladas perpendicularmente con largos clavos de hierro, de 20 a 30 centímetros. El conjunto va precedido de un foso, el vallum, a veces de varias decenas de metros de ancho, y su fachada está recubierta de un paramento de piedra seca. Este diseño híbrido resulta extraordinariamente eficaz: la madera absorbe los impactos de los arietes sin romperse, mientras que la piedra impide que el fuego se propague en el interior de la muralla.
El oppidum del Mont Beuvray, en Saône-et-Loire, más conocido como Bibracte, ofrece el ejemplo mejor documentado de esta arquitectura. Fundado hacia finales del siglo II a. C., el yacimiento conoce dos recintos sucesivos: un vasto recinto externo de unas 200 hectáreas, y después un recinto interno reducido a 135 hectáreas. Sus murallas, del tipo murus gallicus, fueron objeto de al menos cinco reconstrucciones solo para el recinto interno —prueba de un mantenimiento constante y de una ocupación densa a lo largo de varias generaciones.
No todos los oppida siguen, sin embargo, este mismo modelo. En Gergovia, cerca de la actual Clermont-Ferrand, la muralla está construida en piedra seca, sin el armazón de madera y hierro característico del murus gallicus. Un estudio reciente detecta incluso allí una influencia arquitectónica helenística, del tipo llamado «muro de espolones» —señal de que los constructores galos no se limitaban a reproducir una técnica única, sino que adaptaban sus fortificaciones a los recursos locales y, en ocasiones, a modelos llegados del Mediterráneo.