Marsella y los focenses · ANTIGÜEDAD
El capítulo principal mostró cómo la viticultura comercial, introducida por los massaliotas, se convierte en un vector de intercambio mayor con el mundo celta. Este zoom se centra en un testimonio antiguo preciso y vívido: el del historiador griego Diodoro de Sicilia, quien describe, en el siglo I a. C., en el libro V de su Biblioteca histórica, los hábitos de consumo de vino entre los galos —un choque cultural narrado desde el punto de vista mediterráneo.
Para griegos y romanos, el vino se bebe siempre mezclado con agua: consumirlo puro se consideraba signo de barbarie o de embriaguez incontrolada. Diodoro constata, con una mezcla de fascinación y reprobación, que los galos hacen exactamente lo contrario. Escribe que, «amando hasta el exceso el vino que los mercaderes les traen sin mezclar, lo beben con tanta avidez que, una vez ebrios, caen en un sueño profundo o en accesos de furia». Esta descripción, aunque filtrada por la mirada de un observador extranjero inclinado a subrayar la alteridad de sus sujetos, se corresponde con la realidad arqueológica: las ánforas massaliotas halladas en contextos galos no muestran rastro de instalaciones de mezcla comparables a las empleadas en el mundo griego.
El comercio del vino se acompaña, según Diodoro, de un intercambio bastante más sombrío. «Por una jarra de vino reciben un esclavo», relata el historiador, añadiendo en otro pasaje que un tonel entero podía negociarse por un joven esclavo, «trocando así su bebida por un copero». Si la tasa de cambio exacta que refiere Diodoro se debe probablemente más a una anécdota llamativa que a una estadística comercial rigurosa, ilustra una realidad económica bien documentada por otras vías: el comercio del vino se inscribía en una red de intercambio más amplia por la que también circulaban cautivos, alimentando en parte los mercados de esclavos del Mediterráneo antiguo desde el interior del territorio galo.