La edad de oro de los galos · ANTIGÜEDAD
El capítulo principal menciona, en el apartado II, una segunda oleada de invasiones celtas hacia el 396 a. C., marcada por la toma de Melpum. Este nombre, citado en una sola frase en el relato principal, designa en realidad a una ciudad que fue en su tiempo una de las más ricas del norte de Italia —y cuya destrucción, relatada mediante una curiosa coincidencia de calendario, intrigó durante mucho tiempo a los propios historiadores antiguos.
El historiador romano Cornelio Nepote, originario él mismo de la Galia cisalpina y, por tanto, especialmente bien informado sobre los asuntos de su región natal, relata —según el testimonio que de ello da Plinio el Viejo en su Historia natural— que Melpum fue destruida por una coalición de pueblos galos, los ínsubres, los boyos y los sénones, el mismo día en que el dictador romano Camilo se apoderaba de la ciudad etrusca de Veyes, en el 396 a. C. Esta simultaneidad, señalada por los propios autores antiguos, ilustra hasta qué punto los dos mundos —el etrusco-latino al sur, el galo al norte— vivían entonces trastornos paralelos sin que ningún vínculo de causa a efecto los relacionara directamente.
La participación conjunta de tres pueblos galos diferentes en esta toma de Melpum, siguiendo a Plinio, sugiere una operación de envergadura más que una simple incursión local —una coalición puntual que, sin embargo, no tiene nada de una unión política duradera, conforme a lo que este capítulo observa por otra parte (apartado V) sobre la ausencia de unidad gala más allá de circunstancias concretas.
Pese a la riqueza que le atribuyen las fuentes antiguas, la ubicación exacta de Melpum nunca ha sido identificada con certeza por la arqueología moderna. Se han propuesto varias hipótesis, que sitúan la ciudad en la llanura lombarda, a veces cerca de la propia Milán —algunos autores antiguos y modernos han sugerido incluso que Mediolanum pudo desarrollarse sobre o cerca de su antiguo emplazamiento, sin que ninguna excavación haya podido confirmar esta continuidad. Esta incertidumbre persistente convierte a Melpum en un caso poco frecuente en la historiografía del periodo: una ciudad cuya existencia y destrucción están atestiguadas por fuentes escritas relativamente fiables, pero cuya realidad material sigue escapando por completo a la arqueología.
Esta ausencia de confirmación material invita a una prudencia particular: nada impide que la tradición literaria haya amplificado la importancia real de Melpum, del mismo modo en que otros episodios de este periodo antiguo pudieron ser reelaborados o embellecidos a lo largo de los siglos.