Felipe III el Atrevido: continuidad capeta y crisis mediterráneas (1270–1285) · PLENA EDAD MEDIA
Felipe III se convierte en rey en 1270, en un contexto excepcional: el ejército está en campaña, el rey muere lejos del reino, y la sucesión debe asegurarse sin crisis. El advenimiento se produce en medio de una sucesión de duelos, lo que da al inicio del reinado un tono sombrío y frágil.
Antes de partir, Luis IX había confiado la regencia del reino y el sello real a responsables encargados de asegurar la continuidad. En el terreno, tras la toma de Cartago, la epidemia de disentería golpea el campamento: muerte del príncipe Juan Tristán, y luego muerte de Luis IX el 25 de agosto de 1270. Los restos son tratados según prácticas funerarias destinadas a permitir su transporte.
El nuevo rey, proclamado en Túnez, deja a menudo a su séquito el cuidado de negociar la salida de la crisis: el acuerdo concluido con el soberano hafsí permite poner fin a la expedición y emprender el regreso hacia Europa.
El nuevo soberano debe gestionar tres urgencias:
Esta secuencia confirma una evolución capeta: la sucesión tiende a convertirse en un automatismo político.
El regreso está marcado por otras pérdidas: muerte del rey de Navarra Teobaldo de Champaña, luego muerte de Isabel de Aragón tras una caída de caballo, y fallecimiento de una hermana del rey en Hyères. Felipe llega a París en mayo de 1271 y abre el reinado con un homenaje a los muertos: los funerales de Luis IX ofrecen una escena de continuidad, en un momento en que la cruzada aparece como una debacle.
La coronación en Reims (15 de agosto de 1271) da una forma pública a la continuidad: Felipe no es solo heredero, es rey “plenamente”. Tras la figura de San Luis, el desafío es también simbólico: sostener el reino sin la santidad del predecesor, apoyándose en el Estado.