Hugo Capeto: nacimiento de la dinastía capeta (987–996) · PLENA EDAD MEDIA
El principal rival de Hugo Capeto es Carlos de Lorena, último pretendiente carolingio creíble. El conflicto es, en primer lugar, una lucha por las ciudades, los obispos y las fidelidades.
Laon es una plaza real y un símbolo carolingio. Si Carlos controla Laon, puede presentarse como “rey legítimo” y atraer apoyos. Hugo debe, por tanto, impedir que la disputa se afiance en una capital fortificada.
En 988, Carlos reaparece y se apodera de Laon. Hugo intenta recuperar la ciudad en varias ocasiones, sin resultado decisivo. El rey busca entonces apoyos y garantías: entra en contacto con la regencia otoniana, proponiendo un encuentro para estabilizar el equilibrio con el Imperio.
En una carta redactada por el entorno letrado del rey, Hugo propone que la reina Adelaida se reúna con la emperatriz Teófano en Sternay el 22 de agosto, con el fin de “confirmar la amistad” y fijar decisiones comunes. El encuentro no se produce, pero muestra que la guerra contra Carlos se libra también en el terreno de la diplomacia.
En este periodo, un obispo puede hacer caer una ciudad: controlar una sede episcopal equivale a menudo a controlar las llaves y las redes. Tras la muerte de Adalberón de Reims (989), Hugo hace elegir en Reims a Arnulfo, un carolingio, en lugar de a Gerberto. El objetivo es apaciguar a los partidarios carolingios; pero la decisión se vuelve en su contra: Arnulfo entrega Reims al bando de Carlos, y la crisis se extiende.
Las alianzas se recomponen: Carlos se apoya en redes lotaringias y apoyos aristocráticos, mientras que Hugo busca respaldo entre otros grandes. Se solicita al papa, el Imperio se mantiene prudente. La lucha se convierte en una guerra abierta, política y eclesiástica.
La crisis se resuelve mediante una traición espectacular: Adalberón de Laon finge la reconciliación, se gana la confianza de Carlos y de Arnulfo, y luego los hace capturar mientras duermen y los entrega al rey. Los relatos insisten en la puesta en escena: el obispo jura fidelidad “sobre el pan y el vino”, antes de abrir la ciudad al enemigo. Carlos es encarcelado en Orleans, donde muere en fecha desconocida.
La monarquía capeta no “destruye” la memoria carolingia: neutraliza la amenaza inmediata. Pero el modo de la victoria escandaliza a una parte del reino, sobre todo en el sur, justo en el momento en que se desarrolla la paz de Dios. En algunas fuentes, la protesta se expresa crudamente: «¿Quién os ha hecho rey?».
La captura y la traición marcan duraderamente los espíritus: degradan la imagen del rey y de sus aliados en varias regiones, y revelan hasta qué punto la autoridad capeta depende todavía de los cambios de fidelidad, más que de un dominio militar directo.