Luis XII: [título por completar más adelante en el capítulo] (1498–1515) · RENACIMIENTO
De todas las campañas militares de Luis XII, esta sigue siendo la más nítida, la más rápida, y la que más marcó de forma duradera su imagen de rey conquistador. Repasemos un año que puso patas arriba todo un ducado.
Luis XII no inventaba nada: su pretensión sobre Milán le venía de su abuela, Valentina Visconti, última heredera directa de los Visconti. El problema es que el trono ya estaba ocupado, por Ludovico Sforza, llamado el Moro, que además no se había esmerado precisamente en cuidar sus relaciones con Francia. En 1495 había cambiado de bando en el peor momento posible, traicionando la alianza sellada con Carlos VIII. Así que Luis XII contaba, además del derecho, con un pretexto ya servido.
La Italia de la época tampoco ayudaba a Ludovico Sforza a ganarse amigos: fragmentada entre Milán, Venecia, Florencia, Nápoles y los Estados Pontificios, vivía de rivalidades constantes. Luis XII lo aprovecha con habilidad, aliándose a la vez con Venecia y con el papa. El objetivo declarado: expulsar a Sforza y tomar Milán.
No se deja nada al azar. Luis XII reúne 30 000 hombres, entre ellos 10 000 mercenarios suizos, célebres por su disciplina en el combate, y 150 cañones, una artillería considerable para la época. Él mismo asume el mando. Para financiarlo todo: impuestos, préstamos, venta de cargos, los recursos habituales de un tesoro real puesto a contribución.
Pero la verdadera clave del éxito se juega antes incluso del primer cañonazo. El tratado de Blois, firmado en 1499, sella la alianza con Venecia. El papa Alejandro VI presta su apoyo. Florencia y Nápoles quedan neutralizadas por la vía diplomática. El resultado: cuando el ejército francés entra en Italia, Ludovico Sforza ya no tiene ni un solo aliado con quien contar.
En agosto de 1499, el ejército francés cruza los Alpes por el paso de Mont-Cenis. Y ahí llega la sorpresa: el avance resulta casi demasiado fácil. Las ciudades caen sin combatir, y la población recibe más bien bien a esos franceses que se presentan como libertadores y no como invasores.
La propia Milán apenas resiste: basta un asedio breve. Ludovico Sforza, comprendiendo que la partida está perdida, huye hacia Alemania. El 6 de octubre de 1499, Luis XII hace una entrada triunfal en la ciudad y se proclama duque de Milán. Apenas dos meses habían bastado.
Quedaba administrar este ducado recién conquistado. Luis XII confía la tarea a Georges d’Amboise, cardenal y principal ministro del rey, que opta por una línea prudente: mantener en parte las estructuras locales, conservar una fiscalidad moderada para no enemistarse con la población, e instaurar tribunales mixtos franco-italianos en lugar de imponer un sistema enteramente extranjero. Se desarrolla el comercio y la agricultura, se cuida el urbanismo, se apoya a la Iglesia local. En resumen: se busca perdurar, no aplastar.
Pero Sforza no había dicho su última palabra. En febrero de 1500 regresa al frente de 20 000 mercenarios suizos, respaldado por Maximiliano de Austria, y recupera varias ciudades. Milán, por un tiempo, vuelve a estar amenazada.
La respuesta francesa llega rápido. En abril de 1500, en Novara, 15 000 soldados franceses al mando de Luis de La Trémoille se enfrentan a los 20 000 hombres de Sforza. Y la victoria es clara: Ludovico Sforza es capturado. El episodio confirma, por si hiciera falta, que la primera conquista no había sido un golpe de suerte aislado.
En dos meses, Milán había sido tomada; en unas semanas más, la contraofensiva de Sforza quedaba barrida. El gobierno francés, bastante bien aceptado, dio a Luis XII una base estratégica sólida en el norte de Italia y un reconocimiento duradero como duque de Milán.
No todo era de color de rosa, sin embargo: la campaña había costado cara, la nobleza milanesa seguía poco dispuesta a colaborar, Venecia y el Imperio observaban todo aquello con inquietud, y el abastecimiento de las tropas en un terreno tan alejado planteaba problemas logísticos constantes. Pero para el primer acto de la gran empresa italiana de Luis XII, el balance seguía siendo ampliamente favorable.
Próximo zoom: La conquista del reino de Nápoles.