Luis XII: [título por completar más adelante en el capítulo] (1498–1515) · RENACIMIENTO
Hay batallas que deciden una campaña. Novara decidió un reinado. El 6 de junio de 1513, en cuestión de horas, Francia pierde no solo el Milanesado, sino toda su presencia militar en Italia: un ciclo de quince años de guerras que se cierra con un desastre.
En 1512, los franceses ya habían sido expulsados del Milanesado por los suizos, y Massimiliano Sforza ocupaba ahora el trono ducal de Milán. Solo quedaba una opción para Luis XII: recuperar la ciudad antes de que esa restauración echara raíces. Así se reúne, una última vez, un ejército para Italia: 12 000 hombres al mando de Luis de La Trémoille, veterano de las guerras de Italia, financiados con lo que quedaba en el tesoro real. Enfrente, suizos y milaneses alinean 15 000 hombres bajo Sforza. La estrategia francesa se resume en una frase: golpear rápido, antes de que lleguen los refuerzos suizos.
El terreno elegido, Novara, a cincuenta kilómetros de Milán, ofrece una llanura rodeada de colinas, una clara ventaja para la posición defensiva suiza. La jornada se anuncia calurosa.
Del lado francés: 8000 infantes, entre ellos 4000 mercenarios alemanes, 3000 gendarmes, 30 cañones. Del lado suizo y milanés: 10 000 infantes organizados en falanges formidables, 3000 jinetes milaneses, 20 cañones.
A las seis de la mañana, los franceses lanzan el ataque: la artillería bombardea las posiciones suizas, la infantería alemana avanza, la caballería intenta una maniobra envolvente. Aguanta dos horas. A las ocho, las falanges suizas contraatacan en formación cerrada y rompen el centro francés. Los mercenarios alemanes, desbordados, huyen. A las diez, es la desbandada total: todo el ejército francés cede, y los suizos lo persiguen durante diez kilómetros. Balance: 5000 franceses muertos o capturados.
Lo que queda del ejército cruza los Alpes huyendo, abandonando todo su equipo por el camino. Numerosos oficiales son capturados. Es, sin discusión, la derrota más grave del reinado.
Las consecuencias caen en cascada: Milán se pierde definitivamente, con Sforza asentándose de forma duradera; Francia ya no tiene medios para levantar un nuevo ejército con el que intentar una reconquista; el tesoro real está agotado; y el gobierno, desacreditado, debe enfrentar además una crisis política interna.
En el plano militar, las falanges suizas resultan prácticamente invencibles en terreno llano, una conclusión que apenas sorprende a los observadores de la época. La Trémoille, considerado demasiado prudente, tampoco ayuda a la causa francesa; la moral de las tropas, desgastadas por años de guerra ininterrumpida, ya flaqueaba de antemano, y el abastecimiento dejaba mucho que desear.
En el plano político, el panorama es igual de sombrío: aislamiento diplomático total en Italia, un reino agotado por quince años de conflictos continuos, una nobleza cansada de pagar por guerras lejanas, y unas finanzas en un estado que hace sencillamente imposible levantar un nuevo ejército. La derrota militar no es, en el fondo, más que el síntoma más visible de un agotamiento mucho más amplio.
En Italia, los suizos se convierten en los verdaderos árbitros del norte de la península, mientras Francia desaparece militarmente de la escena. España, por su parte, emerge como la nueva potencia dominante, y Julio II, artífice de este vuelco, puede presumir de haber alcanzado exactamente su objetivo.
En Francia, la crisis es primero política —Luis XII sale desacreditado de este episodio— y luego financiera, con una deuda considerable y unos impuestos cada vez peor tolerados. La paz, esta vez, deja de ser una opción: se convierte en una necesidad. Y la cuestión sucesoria, hasta entonces secundaria, cobra de pronto una urgencia nueva.
A escala europea, en fin, el equilibrio se desplaza: Francia debilitada, España reforzada, Suiza reconocida como potencia militar por derecho propio, Enrique VIII dispuesto a aprovechar la debilidad francesa, y Maximiliano consolidando tranquilamente su posición.
Los despachos de La Trémoille, las crónicas de Commynes, de d’Auton y de varios cronistas italianos, la correspondencia de Luis XII y sus embajadores, así como los registros del tesoro real, permiten reconstruir con precisión este episodio. Los historiadores extraen de él lecturas complementarias: el fracaso de una política aventurera para unos, la consecuencia lógica de quince años de agotamiento para otros, una simple demostración de la superioridad táctica suiza para los más orientados a lo militar, o un fracaso puramente diplomático para quienes miran primero las alianzas. Lo que se desprende de todo ello, en el fondo, se resume en unas cuantas lecciones bastante sencillas: hasta un gran reino tiene sus límites, el aislamiento diplomático se paga caro, la guerra tiene un coste humano y financiero que no se puede ignorar indefinidamente, y llega un momento en que más vale la paz que la obstinación.
Próximo zoom: El matrimonio con María de Inglaterra y la búsqueda de la paz.