Francisco I: el rey caballero y el Renacimiento francés (1515–1547) · RENACIMIENTO
El 1 de enero de 1515, Francisco de Angulema se convierte en rey de Francia con el nombre de Francisco I, a los veinte años de edad. Su coronación y su entrada real en París marcan el comienzo de un reinado que transformará profundamente Francia.
Luis XII muere el 1 de enero de 1515 en el hôtel des Tournelles, en París. La sucesión se produce sin sobresaltos: Francisco de Angulema, primo y yerno del rey difunto por su matrimonio con Claudia de Francia, le sucede de inmediato, a la edad de solo veinte años. Los grandes del reino, reunidos en el hôtel des Tournelles, lo aclaman sin demora, señal, ya entonces, de que el cambio de rama dinástica no suscita ninguna oposición seria.
Sus primeros actos muestran continuidad más que ruptura: el joven rey da a entender que pretende proseguir las reformas emprendidas por su predecesor, así como la política italiana que tanto había ocupado el reinado anterior. Nada, en estas primeras semanas, deja aún entrever la ambición de conquista que pronto había de llevarlo a Marignano.
La coronación tiene lugar el 25 de enero de 1515, en la catedral de Reims, según el ritual inmemorial de la monarquía francesa. La fecha no se elige al azar: corresponde al aniversario de una curación que Francisco consideraba milagrosa, ocurrida trece años antes, y que caía, por una coincidencia de la que no se privó de hacer un símbolo, el día de la conversión de san Pablo. Vincular su propio destino al del apóstol fulminado en el camino de Damasco era, para un rey recién coronado, situarse desde el principio bajo el signo de la protección divina.
La ceremonia sigue su desarrollo tradicional: entrada solemne en la ciudad, juramento de proteger a la Iglesia y al reino, unción con la Santa Ampolla, colocación de la corona de Carlomagno sobre la cabeza del nuevo soberano, aclamación de la asamblea —«¡Viva el rey!»—, y después misa. Nada, en esta liturgia, se deja a la improvisación: cada gesto recuerda que el rey de Francia no recibe su poder solo de los hombres, sino de Dios mismo.
Es también en esta época cuando se impone de manera duradera el emblema que había de volverse inseparable de Francisco I: la salamandra. El animal, considerado desde la Antigüedad capaz de vivir en pleno fuego sin quemarse, no era invención del joven rey —su abuelo Juan de Angulema lo había utilizado brevemente antes que él—, pero es Francisco quien, ya en 1504, siendo aún un conde de Angulema de diez años, lo convierte en emblema personal, acuñado en una medalla, acompañado de una divisa italiana que quedaría célebre: «Notrisco al buono, stingo el reo», «Nutro al bueno, apago al malo».
La elección no tiene nada de casual. La salamandra, en el imaginario de la época, posee una doble facultad: alimenta el «buen fuego» divino de la caridad mientras apaga el «mal fuego» infernal de la discordia y la guerra. Presente en monumentos, tejida en tapices, grabada en monedas, dice a todo el reino lo que el joven rey pretende encarnar —un príncipe que protege el bien y combate el mal— y se impone de manera tan duradera que, cinco siglos después, sigue siendo la firma visual inmediata de su reinado.
El 15 de febrero de 1515, Francisco I hace su entrada en París. La entrada real no es una simple formalidad: desde la Edad Media, este importante rito político sirve para presentar al nuevo soberano a su capital y para sellar, mediante la puesta en escena, el vínculo directo que une al rey con su pueblo. Francisco se presta a ello con un sentido del espectáculo que ya sorprende a sus contemporáneos: vestido con un traje de tela de plata incrustado de joyas, hace encabritarse a su caballo ante la multitud y él mismo arroja monedas a su paso, mientras el cortejo se detiene ante las iglesias y monumentos de la ciudad.
La tradición también quiere que el rey, con motivo de su entrada, conceda gracias —amnistías, reducciones de impuestos— destinadas a granjearle de inmediato el favor popular. El mensaje es claro: el rey no es solo un jefe de guerra o un soberano lejano, sino también, desde el mismo momento de su advenimiento, una fuente de justicia y generosidad para sus súbditos.
En la misma línea, Francisco I participa con fervor en un paso de armas —una justa a caballo organizada según un guion elaborado, en la que nobles de la corte y caballeros extranjeros se miden ante los presentes—. Este gusto por la demostración caballeresca no tiene nada de gratuito: instala desde el principio la imagen del príncipe guerrero, en la línea directa de las tradiciones medievales, y ofrece, de paso, una ocasión de encuentro y rivalidad con la nobleza europea presente en la corte.
Esta insistencia en el fasto y la puesta en escena no escapa a los contemporáneos, que la consignan en sus crónicas, ni a los embajadores extranjeros, que la refieren con atención en su correspondencia. Con la distancia, se ve en ello menos un simple derroche de medios que un dominio ya consciente de la comunicación política: este joven rey de veinte años, formado en el humanismo, sabe que la imagen que da de sí mismo en sus primeras semanas de reinado moldeará de forma duradera el recuerdo que de él se conservará. De hecho, el arquetipo del príncipe caballeresco y culto del Renacimiento que construye entonces —joven, apuesto, generoso, valiente— se impone entre sus contemporáneos y llega hasta nosotros a través de los siglos, siendo la salamandra, más aún que el recuerdo de sus batallas, el sello visual de todo su reinado.
Próximo zoom: La batalla de Marignano y la reconquista del Milanesado.