Francisco I: el rey caballero y el Renacimiento francés (1515–1547) · RENACIMIENTO
Francisco I desempeña un papel crucial en el desarrollo intelectual de Francia, favoreciendo la imprenta, creando la Biblioteca real y fundando el Collège de France, al tiempo que protege a los poetas y escritores de su época.
Bajo el impulso de Francisco I, las imprentas francesas alcanzan un nivel de calidad e importancia de primer orden, publicando un número creciente de libros y contribuyendo así a la amplia difusión de las ideas humanistas en el reino. El propio rey funda una Imprenta real, donde trabajan impresores de renombre como Josse Bade, llamado Badius Ascensius, y más tarde el gran humanista Robert Estienne, ambos encargados de establecer estándares tipográficos elevados. El cargo de impresor del rey pasa de mano en mano: Geoffroy Tory lo obtiene en 1530, Olivier Mallard le sucede en 1533, antes de que Denis Janot se convierta a su vez en impresor real en 1544, sin contar a Claude Garamont, encargado desde 1540 de grabar punzones para caracteres griegos.
Ya en 1518, Francisco I decide constituir, en Blois, un verdadero «gabinete de libros», confiado en un primer momento al poeta de la corte Mellin de Saint-Gelais. En 1536, da un paso decisivo al prohibir vender o enviar al extranjero cualquier libro sin haber entregado antes un ejemplar a la Biblioteca real, los primeros pasos, nada menos, del futuro depósito legal. La gestión de esta colección en pleno crecimiento se confía al humanista Guillaume Budé, encargado de enriquecerla sistemáticamente, mientras que en 1540, el embajador de Francia en Venecia, Guillaume Pellicier, recibe el encargo de comprar y hacer reproducir manuscritos venecianos, una estrategia de adquisición que se apoya abiertamente en la red diplomática del reino.
Es también por iniciativa de Guillaume Budé que Francisco I funda, en 1530, el Colegio de lectores reales, institución que se convertirá en el Collège de France, concebido como un polo de enseñanza del griego, el hebreo, el latín y las matemáticas, gratuito y abierto a todos: una verdadera innovación para la época. Entre los primeros lectores reales figuran Barthélemy Masson, llamado Latomus, para el latín, u Oronce Fine, geógrafo y astrónomo, encargado de las matemáticas, los mejores sabios de la época. Curiosamente, si la fundación en sí se remonta bien a Francisco I, la construcción del edificio destinado a albergarla no se concreta hasta la regencia de María de Médici, casi un siglo más tarde: la institución, en suma, precedió con mucho a los muros que habían de acogerla.
Este impulso intelectual se propaga también, y de forma espectacular, en las bibliotecas privadas de las élites del reino. Emard Nicolaï, presidente de la Cámara de Cuentas, posee una veintena de obras; Pierre Lizet, presidente del parlamento, reúne unas quinientas; André Baudry, quinientas setenta y nueve; Gaston Olivier, capellán del rey, setecientas setenta y cinco; el abogado Leferon, ochocientas ochenta y seis; en cuanto a Jean du Tillet, su colección supera los tres mil volúmenes, y la del canciller Antoine Duprat se cuenta también por millares de libros. Estas cifras, considerables para la época, hablan claramente de la aparición de una nueva élite, esa nobleza de toga para la que poseer libros, en latín, en griego y en francés, se convierte en un verdadero signo de prestigio intelectual, sostenido por toda una red de préstamos e intercambios entre bibliófilos.
En la propia corte, Francisco I mantiene y protege a una generación de poetas: Clément Marot, por supuesto, pero también Claude Chappuys, poeta e historiógrafo, o Mellin de Saint-Gelais, poeta de corte al que se llegó a sospechar autor de ciertos poemas atribuidos al rey, pues el propio Francisco I compone también, en ocasiones, algunas poesías y «cartas». Su hermana, Margarita de Navarra, prolonga y amplía este mecenazgo literario: protege a escritores como Rabelais o Bonaventure des Périers, figura ella misma entre las grandes plumas de la corte, autora de numerosos poemas y ensayos, y reúne en torno a sí un círculo literario y espiritual de considerable influencia.
El 2 de noviembre de 1540, un encargo real confía a Claude Garamont el grabado de punzones destinados a caracteres griegos, caracteres que, a partir de 1544, sirven para imprimir ediciones griegas establecidas a partir de manuscritos bizantinos conservados en Fontainebleau. Esta innovación tipográfica da origen a las primeras ediciones griegas de verdadera calidad producidas en Francia, fruto de una estrecha colaboración entre impresores y humanistas, y contribuye a difundir, mucho más allá de los círculos eruditos, la cultura griega antigua.
El conjunto de esta política transforma profundamente el panorama intelectual francés: difusión masiva de los libros, creación de instituciones de enseñanza superior, apoyo decidido a la investigación humanista, hasta el punto de que la propia Francia se convierte, bajo este reinado, en uno de los grandes centros intelectuales de Europa. Este legado atraviesa los siglos con notable continuidad: el Collège de France sigue existiendo hoy, la Biblioteca real se convirtió en la antecesora directa de la Biblioteca Nacional de Francia, y las tradiciones editoriales establecidas entonces siguen siendo, para los soberanos siguientes, un modelo de mecenazgo intelectual. Se comprende, en estas condiciones, que la posteridad haya podido otorgar a Francisco I el título de «padre y restaurador de las letras»: más allá de la fórmula, es efectivamente una visión humanista asumida del poder, en la que la cultura se convierte en un instrumento de prestigio tanto como en un bien en sí mismo, la que este reinado encarna de forma duradera.
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