Francisco I: el rey caballero y el Renacimiento francés (1515–1547) · RENACIMIENTO
Bajo el reinado de Francisco I, Francia comienza a interesarse seriamente por las exploraciones en América del Norte, marcando el inicio de la presencia francesa en el Nuevo Mundo y la fundación de la Nueva Francia.
Cuando Francisco I accede al trono en 1515, Francia acusa un claro retraso en la carrera de los grandes descubrimientos: sus actividades marítimas se limitan entonces, en lo esencial, al contrabando y a la piratería en las costas africanas, pese a que el reino dispone de una larga fachada marítima, de numerosos puertos y de marinos capaces, unos activos que sus predecesores, volcados en sus conquistas mediterráneas, nunca habían pensado en explotar. España y Portugal, por su parte, dominan sin competencia las exploraciones desde finales del siglo XV, un monopolio legitimado por la bula pontificia Inter Cætera de 1493 y por el tratado de Tordesillas de 1494, que se reparten sencillamente el mundo entre las dos coronas ibéricas.
Francisco I se niega a aceptar este reparto sin discusión. Sostiene que el alcance de la bula pontificia debería limitarse a los territorios ya descubiertos en 1493, y obtiene en 1533 del papa Clemente VII una declaración en ese sentido. Se le atribuye, sobre este asunto, una réplica que ha quedado célebre: «Me gustaría mucho ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo». Fortalecido por esta impugnación, el rey puede ahora enviar a sus emisarios hacia territorios que España y Portugal consideraban hasta entonces exclusivamente suyos.
Es un armador de Dieppe, Jean Ango, quien se convierte en uno de los principales promotores de estas exploraciones francesas: sus navíos reconocen las costas de Terranova, descienden hasta Guinea y Brasil, e incluso rodean el cabo de Buena Esperanza hasta Sumatra, mostrando así el camino. Un episodio de piratería, en 1522, acaba de convencer a la corte de Francia de la importancia del Nuevo Mundo: el capitán Jean Fleury intercepta dos carabelas españolas que regresaban de la Nueva España, cargadas con los tesoros que Cortés acababa de ofrecer a Carlos V, una captura que revela, con estrépito, la magnitud de las riquezas que encierra el continente americano.
En 1523, Francisco I toma bajo su protección al navegante florentino Giovanni da Verrazzano, poniendo a su disposición el navío real La Dauphine, mientras la financiación de la expedición se confía a Jean Ango y a capitales florentinos. Partido en 1524 en busca de un paso hacia el noroeste que condujera directamente a las Indias, Verrazzano alcanza la costa de América del Norte y la Florida, a la que bautiza Franciscana en honor del rey, cartografía Terranova, funda la Nueva Angulema, en el emplazamiento donde más tarde se alzará Nueva York, antes de proseguir su ruta hacia Brasil y las Antillas. De este viaje extrae una conclusión sorprendente: «Es una tierra desconocida para los antiguos, […] más grande que Europa, África y casi que Asia», y es él quien, por primera vez, da a estos territorios el nombre de «Nueva Francia».
Es Jean Le Veneur, obispo de Lisieux y gran capellán del rey, quien recomienda en 1534 a Francisco I enviar en expedición al navegante malouino Jacques Cartier, con la misión de descubrir «ciertas islas y países donde se dice que ha de encontrarse gran cantidad de oro y otras cosas ricas». Partido de Saint-Malo el 20 de abril de 1534, Cartier atraviesa el Atlántico en tan solo tres semanas y toma posesión, el 24 de julio, de la costa de Gaspé en nombre del rey de Francia, antes de regresar a Saint-Malo el 5 de septiembre.
El éxito de esta primera misión le vale a Cartier un renovado apoyo real: partido el 15 de mayo de 1535 al mando de tres navíos, descubre la desembocadura del San Lorenzo, remonta el río y funda el puesto de Sainte-Croix, en el emplazamiento de la futura Quebec, antes de alcanzar el poblado amerindio de Hochelaga, al que rebautiza «Mont-Royal», futura Montreal. Es también con motivo de esta expedición cuando da, a partir de una palabra iroquesa, el nombre de «Canadá» a una parte del territorio descubierto. El invierno, esta vez, resulta temible: bloqueados por los hielos en Sainte-Croix entre noviembre de 1535 y abril de 1536, los franceses deben enfrentarse al escorbuto y a unas relaciones cada vez más tensas con las poblaciones autóctonas, antes de regresar a Saint-Malo el 16 de julio de 1536, considerablemente debilitados.
La guerra contra Carlos V retrasa por un tiempo cualquier nueva expedición, pero ya en 1538 Francisco I recibe un «Memorial de los hombres y provisiones necesarios para los navíos que el Rey deseaba enviar a Canadá». Confía esta vez el gobierno de la empresa a Jean-François de La Rocque de Roberval, militar experto en fortificación, mientras Cartier parte de nuevo el 23 de mayo de 1541 al mando de cinco navíos, con la misión de dirigirse «a las tierras de Canadá y Ochelaga y hasta la tierra del Saguenay, si pudiera abordarla». Funda en efecto una colonia, Charlesbourg-Royal, a unos quince kilómetros de la isla de Sainte-Croix, pero las complicaciones con las poblaciones amerindias y un nuevo invierno difícil lo empujan a dar media vuelta: se cruza con Roberval en Terranova el 8 de junio de 1542, sin esperarlo, y regresa a Francia. Roberval, por su parte, llega solo a la colonia en julio de 1542, antes de regresar a su vez a Francia en octubre de 1543, poniendo fin, de forma provisional, a los intentos franceses de asentamiento en América del Norte.
A corto plazo, el balance de estas expediciones parece decepcionante: no se logra establecer ninguna colonia viable, y las dificultades repetidas —escorbuto, inviernos mortíferos, relaciones tensas con las poblaciones locales— desalientan, por un tiempo, cualquier nuevo intento. Pero los logros, por su parte, son reales: cartografía precisa de las costas, descubrimiento del San Lorenzo, primeros contactos con las poblaciones autóctonas, y sobre todo una toma de posesión simbólica que, a ojos de Francia, viene a cuestionar frontalmente el monopolio colonial ibérico. Es sobre estos cimientos, puestos bajo Francisco I, que Samuel de Champlain podrá apoyarse, ya a comienzos del siglo XVII, para fundar por fin una colonia duradera, la propia Nueva Francia.
Este lejano legado ha atravesado además los siglos de una manera bastante inesperada: Francisco I se presenta hoy de buen grado como el primer rey de Canadá, su retrato adorna todavía los muros del Senado canadiense, como punto de partida simbólico de una sucesión real que, de Francisco I en 1534 hasta Carlos III, rey de Canadá desde 2022, se cuenta entre las más antiguas y más ininterrumpidas del mundo.
Próximo zoom: La política interior y el gobierno de Francisco I.