1536–1544: la segunda y la tercera guerra contra Carlos V

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Francisco I: el rey caballero y el Renacimiento francés (1515–1547) · RENACIMIENTO

La segunda (1536-1538) y la tercera (1542-1544) guerras entre Francisco I y Carlos V prolongan la rivalidad franco-habsbúrgica, con éxitos desiguales para Francia y una paz frágil en Crépy-en-Laonnois.


🗺️ Contexto de los conflictos

La Paz de las Damas de 1529 no había resuelto nada de fondo: la rivalidad entre Francisco I y Carlos V, alimentada desde 1521 por los mismos intereses territoriales —el Milanesado, Borgoña, Artois, el Rosellón—, solo necesitaba una ocasión para reavivarse. El contexto europeo, entretanto, se había complicado considerablemente: la Reforma protestante dividía Alemania, el Imperio otomano de Solimán el Magnífico presionaba las fronteras orientales de la cristiandad, y Francisco I, en busca de aliados capaces de contrarrestar el poder de los Habsburgo, ya no dudaba en buscar apoyo entre los príncipes protestantes alemanes, o incluso en el propio sultán.

En 1530, en Bolonia, Carlos V recibe de manos del papa Clemente VII la corona imperial, una coronación que sella la reconciliación entre el emperador y el papado tras el trauma del saco de Roma de 1527, y que refuerza aún más la posición de Carlos V en el tablero europeo. Ese mismo año, el 7 de agosto de 1530, Francisco I se casa con Leonor de Habsburgo, viuda del rey Manuel I de Portugal y hermana de su gran rival, un matrimonio político previsto por el tratado de Cambrai, sin gran amor pero con un respeto mutuo real, que no basta sin embargo para apaciguar de forma duradera las tensiones entre ambas coronas.


🤝 Las nuevas alianzas de Francisco I

Es en este clima cuando Francisco I forja las alianzas más audaces —y más controvertidas— de su reinado. Ya en 1528, interviene diplomáticamente ante Solimán el Magnífico para obtener la restitución de una iglesia de Jerusalén convertida en mezquita, primer contacto de una relación que se profundiza rápidamente: en 1536, las Capitulaciones conceden a Francia privilegios comerciales considerables en el Imperio otomano —libre circulación de los comerciantes franceses, protección de los peregrinos cristianos en Tierra Santa, derecho a establecer consulados, e incluso una capilla católica en Constantinopla, primera embajada permanente de una potencia europea ante la Sublime Puerta—. A cambio de estas ventajas, una flota turca opera pronto en el Mediterráneo contra los intereses españoles, una cooperación militar que escandaliza a la Europa cristiana, donde se denuncia una alianza con los «infieles» contra un príncipe cristiano, pero cuya eficacia estratégica no ofrece apenas dudas: obliga a Carlos V a vigilar su retaguardia en el Mediterráneo al tiempo que sostiene el esfuerzo bélico francés.

Al mismo tiempo, Francisco I se vuelve hacia los príncipes protestantes de Alemania: el 26 de octubre de 1531, el tratado de Saalfeld lo vincula a la Liga de Esmalcalda, en una alianza defensiva contra Carlos V que Francia respalda financieramente a cambio de un posible apoyo militar contra los Habsburgo. También aquí el escándalo recorre la Europa católica —¿cómo puede un rey «cristianísimo» aliarse con herejes?—, pero la lógica es puramente estratégica: dividir las posesiones de los Habsburgo y amenazar a Carlos V en varios frentes a la vez. Estas alianzas de revés, por escandalosas que resultaran a los contemporáneos, inauguran una política exterior resueltamente pragmática, en la que el interés del reino prevalece sobre la solidaridad confesional, una política que dejará una huella duradera en la diplomacia francesa de los siglos siguientes.


⚔️ La segunda guerra (1536-1538)

La muerte sin herederos del duque de Milán Francesco II Sforza, en 1535, reaviva de inmediato la cuestión milanesa: Francisco I reivindica el ducado, Carlos V lo ocupa militarmente, y el rey de Francia exige en vano su retirada. La guerra se reanuda en 1536, apoyándose Francia en su alianza otomana mientras Carlos V conserva el apoyo de la Inglaterra de Enrique VIII. El emperador invade en persona Provenza, con la esperanza de tomar Marsella y amenazar el sur del reino; pero el condestable Anne de Montmorency organiza una defensa de tierra quemada tan eficaz que Carlos V, incapaz de abrirse paso, debe retirarse hacia octubre de 1536. Al mismo tiempo, un ejército francés de cuarenta mil hombres invade el ducado de Saboya y se detiene en la frontera lombarda, mientras Montmorency, comprometido en el Piamonte, logra algunos éxitos locales sin conseguir una ruptura decisiva hacia el Milanesado. En el mar, la flota otomana opera en el Mediterráneo contra las costas italianas y españolas, una alianza cuya eficacia militar no disipa en absoluto la controversia que sigue suscitando en Europa.

Tras dos años de guerra sin vencedor claro, el papa Paulo III logra una mediación: la tregua de Niza, negociada en junio-julio de 1538, establece una paz de diez años sobre la base del statu quo —el Milanesado permanece con Carlos V, el Piamonte sigue siendo francés—, acompañada de una promesa de cooperación contra los turcos y los protestantes. Revelador de las persistentes desconfianzas, los dos soberanos ni siquiera se encuentran directamente en Niza; no es hasta el 14 de julio de 1538, en el castillo de Aigües-Mortes, cuando se reúnen en persona, en un ambiente de aparente reconciliación y promesas de cooperación frente a los peligros comunes, sin que esta puesta en escena disipe realmente, bajo la superficie, una desconfianza mutua intacta.


⚔️ La tercera guerra (1542-1544)

La paz de Niza apenas dura cuatro años. Carlos V, pese a sus compromisos, se niega a investir a uno de los hijos de Francisco I con el ducado de Milán, y la muerte de la duquesa de Milán en 1540 ofrece al rey de Francia una nueva ocasión para relanzar su reivindicación. Francisco I refuerza entonces su red de alianzas —el Imperio otomano de nuevo, pero también la Dinamarca de Cristián III, la Suecia de Gustavo I Vasa, la Liga de Esmalcalda, e incluso la Escocia de Jacobo V, ligada a Francia por el tratado de Rouen de 1542—, y la guerra se reanuda en varios frentes a la vez.

En Flandes, el duque de Vendôme solo logra éxitos limitados, por falta de coordinación y ante una resistencia local tenaz. En los Pirineos, el delfín Enrique —futuro Enrique II— fracasa ante Perpiñán, cuyo asedio debe levantarse en noviembre de 1542, fracaso costoso que pesa sobre la moral de las tropas. En Italia, François de Bourbon, conde de Enghien, aliado con la flota de Barbarroja, pone sitio a Niza en 1543: la ciudad baja cae, no así la ciudadela, y el saqueo parcial de la ciudad por los aliados turcos reaviva una vez más la controversia sobre esta cooperación con los «infieles». Es en la primavera de 1544 cuando la guerra alcanza su punto culminante: Carlos V, al frente de más de cuarenta mil hombres y sesenta y dos piezas de artillería, atraviesa Lorena y los Tres Obispados para invadir Champaña, sitia Saint-Dizier a mediados de julio, y luego empuja el grueso de su ejército hacia París, mientras Inglaterra, aliada del emperador, sitia y toma Boulogne-sur-Mer. Ambos bandos, sin embargo, están agotados: Carlos V tiene dificultades para pagar a sus tropas, lo que multiplica las deserciones, y Francisco I debe también hacer frente a unas finanzas exhaustas; es Anne de Montmorency, una vez más, quien organiza la resistencia frente al avance imperial.

Es en este contexto cuando se produce, el 14 de abril de 1544, la más hermosa victoria francesa de todo este periodo: en Cerisoles, en el Piamonte, los trece mil hombres de François de Bourbon-Vendôme, conde de Enghien, se enfrentan a los dieciocho mil imperiales del marqués Alfonso de Ávalos. Tras un duro enfrentamiento de la gendarmería francesa y una tenaz resistencia imperial, es la intervención decisiva de la infantería gascona la que inclina la batalla: el marqués del Vasto es puesto en fuga, dejando en el campo seis mil muertos frente a dos mil del lado francés, además de numerosos prisioneros de alto rango. Es la mayor victoria francesa desde Marignano, pero una victoria sin continuidad estratégica: no basta para detener el avance imperial en Champaña, que sigue amenazando directamente la capital.


🕊️ La paz de Crépy-en-Laonnois (18 de septiembre de 1544)

Exhaustos financieramente, amenazados ambos en otros frentes —los turcos al este para Carlos V, los príncipes protestantes en Alemania también para el emperador—, los dos soberanos se resuelven, una vez más bajo la mediación del papa Paulo III, a negociar en Crépy-en-Laonnois, cerca de Laon, en el verano de 1544. El tratado, firmado el 18 de septiembre, organiza una restitución mutua de las conquistas: el Milanesado permanece definitivamente con Carlos V, Francisco I renuncia definitivamente a Borgoña, el statu quo prevalece en Flandes como en Navarra. La cláusula más original concierne al matrimonio proyectado entre Carlos, duque de Orleans, hijo menor de Francisco I, y bien María de Austria, hija de Carlos V, con el Milanesado como dote, bien Ana de Austria, su sobrina, con los Países Bajos como dote, un proyecto que preveía incluso que, en caso de muerte de Carlos V sin heredero directo, el joven príncipe francés heredara la totalidad de sus territorios. A ello se añaden cláusulas de alianza contra los turcos y los protestantes, garantizadas por un intercambio de rehenes, para una paz calificada, en teoría, de perpetua.

La acogida del tratado es desigual. En Francia, hay alivio por ver terminar una guerra costosa, pero las condiciones se juzgan demasiado favorables a Carlos V, y el parlamento lo acepta solo con reticencia. En el Imperio, Carlos V obtiene lo esencial de lo que quería, pero sus finanzas siguen en un estado desastroso y su salud, ya entonces, declina bajo el peso del agotamiento. En Europa, los aliados decepcionados de Francia —Solimán el Magnífico a la cabeza— ven en esta paz un abandono, mientras que la Inglaterra de Enrique VIII, por su parte, prosigue su propia guerra contra Francia sin preocuparse por el acuerdo franco-imperial.


📜 Un balance de agotamiento mutuo

El balance militar de estas dos guerras se resume en pocas palabras: Cerisoles sigue siendo la única gran victoria francesa, mientras que Flandes y el Rosellón terminan en fracaso, residiendo el verdadero éxito francés sobre todo en la eficaz defensa del territorio nacional más que en la conquista. El balance humano y financiero, por su parte, es pesado para ambos bandos —decenas de miles de soldados muertos o heridos, un endeudamiento masivo—, mientras que el balance territorial se reduce a un statu quo casi total: Francia pierde definitivamente el Milanesado, pero consolida sus fronteras y prosigue, en paralelo, sus primeras exploraciones coloniales en Canadá.

Estos conflictos marcan también al propio Francisco I: a los cincuenta y dos años, al final de la tercera guerra, el rey envejece, su salud declina, y dedica ya más energía a los asuntos internos del reino que a las campañas militares. Aunque nunca recuperó el Milanesado, deja a su hijo un reino cuya integridad territorial se ha preservado contra todo pronóstico, al precio de un sistema de alianzas complejo —otomanas, protestantes, escandinavas— que seguirá siendo, mucho después de él, un modelo para la diplomacia francesa. Estas guerras marcan, en definitiva, el fin de la gran rivalidad personal entre Francisco I y Carlos V, pero dejan también presagiar, por la amplitud de las alianzas confesionales forjadas por ambas partes, las tensiones religiosas que pronto habían de incendiar toda Europa.


🧠 Para recordar

  • 1530: coronación imperial de Carlos V en Bolonia; matrimonio de Francisco I con Leonor de Habsburgo
  • 1536: Capitulaciones con el Imperio otomano; invasión fallida de Provenza por Carlos V
  • Junio-julio de 1538: tregua de Niza, seguida del encuentro de Aigües-Mortes entre ambos soberanos
  • Noviembre de 1542: fracaso del asedio de Perpiñán por el delfín Enrique
  • 14 de abril de 1544: victoria francesa de Cerisoles, la más hermosa desde Marignano
  • Verano de 1544: invasión de Champaña por Carlos V, toma de Boulogne por los ingleses
  • 18 de septiembre de 1544: paz de Crépy-en-Laonnois, Francia pierde definitivamente el Milanesado
  • Unas guerras que agotan a ambos bandos sin resolver nada, y que cierran la gran rivalidad personal entre Francisco I y Carlos V

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