1534–1547: la Reforma protestante y la política religiosa

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Francisco I: el rey caballero y el Renacimiento francés (1515–1547) · RENACIMIENTO

La difusión de la Reforma protestante en Francia a partir de la década de 1530 plantea un desafío mayor a Francisco I, que oscila entre la tolerancia y la represión, marcando profundamente la política religiosa del reino.


📜 Contexto religioso

Las ideas de la Reforma penetran en Francia ya en la década de 1520, llevadas por las primeras traducciones de los escritos de Lutero, por comerciantes, estudiantes y círculos humanistas, y se difunden sobre todo en las grandes ciudades —París, Lyon, Meaux, Estrasburgo—. En la propia Meaux se constituye, en torno al obispo reformador Guillaume Briçonnet y a figuras como Jacques Lefèvre d’Étaples o Guillaume Farel, un círculo que se hará célebre bajo el nombre de Círculo de Meaux, que aspira a reformar la Iglesia católica desde dentro, un intento disuelto ya en 1525 bajo la presión de la Sorbona. Frente a esta difusión aún moderada, Francisco I adopta primero una actitud relativamente tolerante, menos por indiferencia religiosa que por pragmatismo: su educación humanista, la influencia de su hermana Margarita, la necesidad de contentar a los príncipes protestantes alemanes frente a Carlos V, y la confianza en la capacidad del Estado para controlar la situación, todo concurre, en los años 1515-1534, a una política de diálogo antes que de confrontación frontal.


📜 El asunto de los Placards (17-18 de octubre de 1534)

Este equilibrio precario se rompe en la noche del 17 al 18 de octubre de 1534. Unos carteles de una virulencia inédita contra la misa católica —redactados, se cree, por el pastor reformado Antoine Marcourt, nacido en París pero refugiado en Neuchâtel, y que denuncian «el horrible, grande e insoportable abuso de la misa papal»— se fijan en la oscuridad en las puertas de las iglesias y en las plazas públicas de París, pero también de Amboise, Blois, Orleans, Ruan y Tours. El gesto, ya audaz por su amplitud nacional, franquea una línea roja: uno de esos carteles se encuentra incluso en la puerta de la alcoba real, en el castillo de Amboise. El choque en la corte es inmenso; la investigación que sigue desemboca en numerosas detenciones, procesos sumarios y varias condenas a muerte, siendo algunos sospechosos quemados vivos, mientras que otros reformadores prefieren huir al extranjero. Mucho más que un simple episodio de represión, el asunto de los Placards marca una ruptura duradera: percibido como un ataque contra la propia monarquía, hace que Francisco I pase de una política de tolerancia relativa a una línea claramente más represiva, provocando de paso una ruptura con los humanistas más moderados de su entorno.


👑 Francisco I frente a la Reforma

La postura personal del rey se basa, en realidad, en una contradicción que nunca llegará a resolverse del todo. Católico convencido, educado en la tradición, apegado a los ritos, orgulloso de haber obtenido mediante el concordato de Bolonia el control de la Iglesia de su reino y de llevar el título de «hijo mayor de la Iglesia», Francisco I es al mismo tiempo un príncipe profundamente marcado por el humanismo: gusto por las lenguas antiguas, curiosidad por las nuevas ideas, un entorno en el que conviven su hermana Margarita de Navarra —abiertamente simpatizante de las ideas evangélicas, protectora de los reformadores en su corte de Nérac, autora del Heptamerón— y humanistas como Guillaume Budé, Jacques Lefèvre d’Étaples o Clément Marot, algunos de los cuales deberán, sin embargo, exiliarse tras ser sospechosos de herejía. Frente a ellos, figuras resueltamente conservadoras, como el canciller Antoine Duprat o el condestable Anne de Montmorency, sin olvidar a la Sorbona, guardiana intransigente de la ortodoxia, y al parlamento, defensor de las tradiciones galicanas. Entre estos polos opuestos, Francisco I oscila según las circunstancias, llegando a aliarse militarmente con los príncipes protestantes alemanes contra Carlos V mientras reprime, en su propio reino, las mismas ideas religiosas, una política cuya aparente inconstancia traduce menos una indecisión personal que un pragmatismo constante: para este rey, la religión sigue siendo ante todo un instrumento político.


⛪ La Iglesia de Francia frente a la Reforma

Por el lado católico, surgen algunos intentos de reforma interna —reforma del clero diocesano, desarrollo de la enseñanza a través del Collège de France, fomento de una predicación de mejor calidad, refuerzo del control real sobre la institución eclesiástica—, pero estos esfuerzos resultan demasiado tímidos y demasiado lentos para frenar el avance protestante, chocando además con las resistencias del clero establecido y de las universidades. El protestantismo, por su parte, sigue ganando terreno a lo largo de las décadas de 1530 y 1540, pese a la represión, en el suroeste, en Normandía, en Lyon, en París, alcanzando a la burguesía, los artesanos, una parte de la nobleza e incluso a ciertos clérigos, con la aparición de las primeras iglesias reformadas clandestinas. Es en este contexto cuando emerge la figura de Juan Calvino, refugiado en Ginebra a partir de 1536, cuya Institución de la religión cristiana, publicada ese mismo año, se convierte en el verdadero manifiesto teológico del protestantismo francés: Calvino se impone rápidamente como el jefe intelectual de los reformados del reino, organizando desde Ginebra una red que, pese a la distancia, sigue irrigando clandestinamente Francia.


⚖️ La legislación antiprotestante

Frente a este avance, la represión real se estructura por etapas. El 16 de julio de 1535, al día siguiente del asunto de los Placards, el edicto de Coucy propone una amnistía a los reformados que abjuren en un plazo de seis meses, pero excluyendo a los reincidentes y a los propios autores de los Placards, lo que limita considerablemente su alcance: pocos reformados se benefician realmente de él. El 1 de junio de 1540, el edicto de Fontainebleau marca un claro endurecimiento al crear, en el seno mismo del parlamento de París, una Cámara ardiente encargada de juzgar de forma rápida y severa los casos de herejía, según procedimientos sumarios que dejan poco margen a la defensa. En 1543, unas cartas patentes refuerzan aún más el arsenal represivo al prohibir la impresión y venta de libros considerados heréticos y al endurecer la censura previa, lo que tiene sobre todo el efecto de hacer prosperar una imprenta clandestina. La propia Cámara ardiente, cuya actividad se prolonga y se intensifica sobre todo después de 1547, bajo Enrique II, pero cuyos cimientos quedan bien asentados bajo Francisco I, juzgará en total a varios cientos de personas, de las cuales unas sesenta serán ejecutadas: un balance severo, pero cuya eficacia real sigue siendo limitada, pues el protestantismo, lejos de retroceder, sigue desarrollándose.


📜 Un dilema sin resolver

El reinado de Francisco I frente a la Reforma se resume, en definitiva, en una serie de contradicciones nunca zanjadas: humanista y católico ortodoxo a la vez, dividido entre la lógica política y los imperativos religiosos, entre las convicciones de su propia hermana y la necesidad de preservar la unidad del reino, entre sus alianzas diplomáticas con los protestantes y su represión interior del protestantismo. De la tolerancia relativa de los inicios del reinado al endurecimiento continuo tras 1534, esta evolución nunca logra encontrar un equilibrio estable, y varios factores explican este fracaso: la fuerza propia de las ideas protestantes y la eficacia de su organización, las insuficiencias de la reforma católica interna, un contexto europeo en el que la Reforma avanza por todas partes a la vez, y, del lado francés, una política represiva que, lejos de apagar el movimiento, produce mártires y, paradójicamente, refuerza la propia causa que pretende combatir.

El legado de esta política inacabada pesará gravemente sobre la Francia de las décadas siguientes: la división religiosa se instala de forma duradera, la autoridad real tiene dificultades para imponer la unidad de la fe, mentes brillantes como Calvino se exilian y enriquecen a otras naciones con su talento, y es todo un problema religioso, sin resolver, el que Francisco I lega a su hijo Enrique II, un problema que, una generación más tarde, degenerará en la violencia de las guerras de Religión.


🧠 Para recordar

  • Década de 1520: primeras difusiones de las ideas luteranas en Francia, Círculo de Meaux
  • 17-18 de octubre de 1534: asunto de los Placards, giro decisivo hacia la represión
  • 16 de julio de 1535: edicto de Coucy, amnistía condicional de escaso efecto
  • 1536: publicación en Ginebra de la Institución de la religión cristiana de Juan Calvino
  • 1 de junio de 1540: edicto de Fontainebleau, creación de la Cámara ardiente
  • 1543: cartas patentes que prohíben la impresión de libros protestantes
  • Un rey dividido entre el humanismo y la ortodoxia católica, cuya política inconstante deja a Enrique II un problema religioso sin resolver

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