Francisco II: el rey efímero y los inicios de las guerras de Religión (1559-1560) · RENACIMIENTO
Más allá de las circunstancias de su muerte ya relatadas, el destino reservado al cuerpo de Francisco II —en particular a su corazón, separado del resto de sus restos según una costumbre funeraria propia de los reyes de Francia— y el destino de quienes le sobrevivieron iluminan la memoria dejada por este reinado de diecisiete meses.
El cuerpo del rey fue conducido desde el hôtel Groslot de Orleans hasta la basílica de Saint-Denis, necrópolis tradicional de los reyes de Francia, donde fue sepultado junto a sus predecesores a finales de diciembre de 1560, al término de ceremonias más sobrias que las dedicadas a su padre Enrique II el año anterior. Conforme a la costumbre, su corazón fue extraído y destinado a un monumento aparte, conservado primero en el convento de los Celestinos de París —lugar tradicional de sepultura de los corazones reales.
Este monumento, ejecutado entre 1562 y 1570 según los planos del Primaticcio por los escultores Ponce Jacquiot y Jean Leroux, tomaba la forma de un pedestal triangular de mármol blanco rematado por una columna, coronada a su vez por una urna de bronce que contenía el corazón, sobre la que se alzaba la figura de un niño portando la corona real —esta última parte desapareció durante la Revolución. La columna misma escapó por poco a la fundición revolucionaria de 1792 gracias a Alexandre Lenoir, quien la hizo depositar en el museo de los Monumentos franceses; allí permaneció hasta 1817, año en que fue trasladada a la basílica de Saint-Denis, donde se conserva todavía hoy —un raro vestigio funerario de este reinado que ha atravesado los siglos.
Viuda con apenas dieciocho años, María Estuardo permaneció en Francia hasta agosto de 1561 antes de regresar a un reino de Escocia ya mayoritariamente protestante, donde afrontó la hostilidad de John Knox antes de verse finalmente forzada al exilio, y luego ejecutada en Inglaterra en 1587 por orden de Isabel I. El propio Francisco II dejó en la historiografía la imagen de un rey borrado, enteramente dominado por sus tíos Guisa, cuyo breve paso por el trono apenas dejó huella propia —salvo la de haber, con su muerte prematura y sin descendencia, abierto el camino a la regencia de su madre Catalina de Médici, que habría de ejercer el poder real durante casi treinta años.
Fin del capítulo sobre Francisco II. Próximo capítulo: Carlos IX y la regencia de Catalina de Médici.