Carlos IX: la regencia de Catalina de Médici y las primeras guerras de Religión (1560-1574) · RENACIMIENTO
La muerte de un rey de veintitrés años, en un reino ya corroído por los rumores y las conjuras, no podía dejar de suscitar sospechas de envenenamiento —sospechas que la corona optó por disipar mediante un gesto poco común para la época: la autopsia del cuerpo real.
Ya al día siguiente de la muerte de Carlos IX, ocurrida el 30 de mayo de 1574 en Vincennes, empezaron a circular rumores que acusaban a Catalina de Médici, o incluso a su hijo Enrique, beneficiario directo de la sucesión, de haber envenenado al joven rey. Para cortar de raíz estas especulaciones, se practicó una autopsia ya al día siguiente, el 31 de mayo de 1574 a las cuatro de la tarde, en el propio castillo de Vincennes, en presencia del primer médico del rey, Mazille, y del primer cirujano Ambroise Paré —la misma figura que había acompañado, durante décadas, la vida médica de la corte, desde el sitio de Metz bajo Enrique II hasta el lecho de muerte del rey de Navarra agonizante en Rouen. El examen concluyó en una pleuresía consecutiva a una neumonía tuberculosa, caracterizada por la fiebre, la tos, los dolores torácicos y las expectoraciones que el rey había sufrido en sus últimos meses —un diagnóstico que, sin extinguir del todo los rumores más persistentes, permitió descartar oficialmente la tesis del envenenamiento.
Ya desde 1559, tras la muerte de Enrique II, Catalina de Médici había encargado a Primaticcio los planos de una capilla funeraria circular destinada a albergar las tumbas de su familia, a pocos pasos de la basílica de Saint-Denis: la futura capilla de los Valois. Pero Primaticcio murió en 1570 sin que la construcción hubiera comenzado; el arquitecto Jean Bullant retomó el proyecto a partir de 1572, sin lograr tampoco terminarlo antes de su propia muerte en 1578, no superando entonces la construcción el primer piso. Proseguida a duras penas por Baptiste du Cerceau, la obra fue definitivamente abandonada en 1585, dejando a Carlos IX —como a varios de los suyos— reposar sin el monumento que su madre había soñado para la dinastía. La rotonda inacabada, dejada al abandono, cayó en ruinas antes de ser desmantelada en 1719; la tumba de Enrique II y Catalina de Médici que albergaba en su centro fue entonces repatriada a la propia basílica, donde se encuentra todavía hoy tras un paso por el museo de los Monumentos franceses en tiempos de la Revolución.
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