Enrique III: la crisis final de los Valois y las guerras de la Liga (1574-1589) · RENACIMIENTO
Detrás del rey de las guerras de Religión se esconde un príncipe complejo, cuya personalidad contrastada alimentó, ya en vida, una reputación controvertida que la historiografía reciente se esfuerza por matizar.
Formado por preceptores humanistas, Enrique III dominaba el francés, el latín, el italiano y el español, y cultivaba un gusto marcado por las letras: protegió directamente a escritores como Philippe Desportes y frecuentó los inicios literarios de Michel de Montaigne. Su devoción, por su parte, no dejó de crecer con las pruebas del reinado: misas cotidianas, confesiones frecuentes, peregrinaciones a pie, y participación ostentosa en las procesiones de la cofradía de los penitentes blancos, que fundó el 20 de marzo de 1583 tras una estancia en Aviñón. El cronista Pierre de L’Estoile, testigo de su época, resumió esta ambivalencia con una fórmula que ha quedado célebre: «Este Rey era un buen príncipe, si hubiera encontrado un siglo mejor». El 31 de diciembre de 1578, fundó la Orden del Espíritu Santo, reservada a cien caballeros católicos, con la intención de estrechar los lazos del trono con una nobleza turbulenta y restaurar el lustre de la monarquía —la elección del Espíritu Santo como patrón remitía a su elección al trono de Polonia y a su advenimiento en Francia, ambos ocurridos el día de Pentecostés.
El reinado de Enrique III estuvo marcado por el ascenso de un círculo de jóvenes nobles favoritos, los «mignons», procedentes casi siempre de una pequeña nobleza provinciana: Anne de Joyeuse, ascendido a duque y almirante antes de morir en Coutras en 1587, Jean-Louis de Nogaret de La Valette, futuro duque de Épernon, o François d’O, superintendente de finanzas. Compañeros, confidentes y a veces consejeros del rey, estos favoritos suscitaron vivas críticas por su influencia considerada desproporcionada sobre las decisiones reales y por el tren de vida suntuoso —vestidos, joyas, duelos de honor— que exhibían en plena crisis financiera y guerra civil. Esta extravagancia, unida al refinamiento extremo de la etiqueta cortesana que el propio Enrique III contribuyó a codificar, alimentó en los panfletos de la época, especialmente los de la Liga, acusaciones de homosexualidad contra el rey y su entorno. Estos rumores, propagados sobre todo por fuentes hostiles y políticamente interesadas —panfletistas ligueros, polemistas calvinistas—, resultan hoy imposibles de dilucidar con certeza: testigos como Brantôme y L’Estoile los niegan, mientras que Agrippa d’Aubigné alude a ellos; la historiografía contemporánea se abstiene generalmente de afirmar nada definitivo sobre la vida íntima del rey más allá de este clima de sospecha y propaganda.
Próximo zoom: El cardenal de Borbón, el antirrey de la Liga.