Enrique III: la crisis final de los Valois y las guerras de la Liga (1574-1589) · RENACIMIENTO
Entre el navajazo asestado por Jacques Clément y la muerte del rey transcurrió casi un día entero —una agonía durante la cual Enrique III, creyendo primero en su supervivencia, se tomó el tiempo de escribir a sus allegados y organizar su sucesión.
Herido en el bajo vientre en la casa de Gondi en Saint-Cloud la mañana del 1 de agosto de 1589, Enrique III fue examinado por los médicos reales, quienes cometieron el error de subestimar la gravedad de la herida: recolocaron los intestinos perforados y recosieron la herida, considerando al rey fuera de peligro inmediato. Esta evaluación tranquilizadora permitió a Enrique III conservar toda su lucidez en las horas siguientes: él mismo dictó cartas a las ciudades que le seguían siendo fieles para atajar los rumores más alarmistas, y escribió a su esposa Luisa de Lorena, entonces en el castillo de Chenonceau, asegurándole que pronto podría volver a montar a caballo. Pero, al haber perforado la hoja el intestino delgado, un lavativa prescrita por los médicos esa misma tarde precipitó en realidad el agravamiento de su estado: al llegar la noche, se declaró la peritonitis y los sufrimientos del rey se volvieron atroces, apenas calmados por opiáceos.
Fue en esas últimas horas, cuando la esperanza de sobrevivir se desvanecía, cuando Enrique III puso sus últimas fuerzas al servicio de la continuidad monárquica. Al recibir la visita de su primo y aliado Enrique de Navarra, exhortó a sus propios sirvientes y oficiales presentes a reconocerlo como su sucesor legítimo, respetando así hasta el final las leyes fundamentales del reino que él mismo tanto había dudado en hacer cumplir en vida. Murió durante la noche, hacia las tres de la madrugada del 2 de agosto de 1589, a los treinta y siete años, tras quince años y dos meses de reinado. El cronista Pierre de L’Estoile, que había frecuentado la corte a lo largo de esos años, resumió el sentimiento encontrado que dejó su desaparición con una fórmula que ha quedado célebre: «Este Rey era un buen príncipe, si hubiera encontrado un siglo mejor» —juicio compartido, en distinto grado, por la posteridad, dividida entre el recuerdo de un soberano inteligente y culto y el de un reinado marcado por el fracaso político y un final trágico.
Fin del capítulo sobre Enrique III. Próximo capítulo: Enrique IV y el edicto de Nantes: la reconstrucción del reino (1589-1610).