Enrique IV, rey de Francia y de Navarra: la pacificación del reino y el edicto de Nantes (1589-1610) · RENACIMIENTO
Apenas asesinado, Enrique IV entró en la leyenda como el «buen rey Enrique» —una imagen idealizada, construida desde las primeras oraciones fúnebres y mantenida sin interrupción durante cuatro siglos de historiografía francesa. Tras este mito popular, los debates sobre la realidad de su reinado —sinceridad de su conversión, alcance exacto del «Gran Designio»— nunca han cesado.
Desde los funerales celebrados en Saint-Denis el 1 de julio de 1610, las oraciones fúnebres —entre ellas la célebre del cardenal du Perron— dieron el tono de una glorificación destinada tanto a llorar al rey difunto como a legitimar a la joven dinastía de los Borbones frente a un rey menor de edad. La estatua ecuestre encargada por María de Médici al escultor florentino Pietro Tacca fue erigida en el Pont Neuf en 1614; destruida durante la Revolución en 1792, fue reconstruida y reinstalada en 1818, bajo la Restauración, prueba de la persistencia del culto tributado al rey a través de los cambios de régimen.
Las fórmulas que tradicionalmente se le atribuyen —la «gallina en la olla» prometida a cada campesino, el «París bien vale una misa» de su conversión, cuyo carácter apócrifo ya ha señalado el cuerpo del capítulo— se difundieron ampliamente en la memoria popular, alimentadas por una abundante literatura e imaginería a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Voltaire le dedicó, en 1723, su epopeya La Henriade, que contribuyó a erigir al rey en modelo de soberano ilustrado antes de tiempo, mientras que el romanticismo del siglo XIX, con historiadores como Jules Michelet, se apoderó a su vez de su figura, añadiendo esta vez una lectura más crítica y matizada.
Tres cuestiones siguen estructurando las discusiones eruditas en torno al reinado. La sinceridad de la conversión de 1593 sigue debatiéndose entre una lectura puramente pragmática, que insiste en el cálculo político, y una lectura más matizada que admite una evolución personal progresiva del rey. La realidad del «Gran Designio», conocido principalmente a través de los escritos póstumos de Sully, oscila igualmente entre proyecto geopolítico seriamente contemplado y reconstrucción a posteriori destinada a magnificar la memoria del reinado. Por último, las circunstancias exactas del asesinato —acto aislado de un fanático o conjura más amplia que implicara a España o a nobles descontentos— nunca se han esclarecido definitivamente, pese a la investigación llevada a cabo en los días siguientes al regicidio.
Más allá de estas controversias, subsiste un amplio consenso historiográfico sobre lo esencial: Enrique IV puso fin a treinta y seis años de guerras de religión, enderezó un reino exangüe con el concurso de Sully, y legó a sus sucesores un Estado suficientemente consolidado para que estos pudieran, una generación más tarde, llevar la monarquía francesa hacia el absolutismo. Es esta obra concreta, más aún que la leyenda dorada que largo tiempo la recubrió, la que explica el lugar duradero que ocupa Enrique IV en la memoria nacional francesa.
Volver al capítulo principal