
100 à 300
Entre los siglos II y III, la Galia recorre una trayectoria contrastada: del auge de la civilización galorromana a una fase de crisis profundas.
La Pax Romana favorece crecimiento económico, desarrollo urbano y consolidación de élites locales integradas en marcos romanos. El territorio está conectado por redes comerciales y administrativas estables.
Las civitates estructuran la vida política y fiscal. En 212, Caracalla extiende la ciudadanía romana a casi todos los hombres libres del Imperio, reforzando la integración jurídica.
Sin embargo, aparecen señales de fragilidad, como la revuelta de Materno (186), que revela márgenes sociales inestables.
El cristianismo se difunde lentamente en grandes ciudades (Lyon, Vienne). El episodio de los mártires de Lyon (177) muestra la tensión entre nuevos cultos y orden cívico tradicional.
A finales del siglo II, la Galia se vuelve escenario de guerras civiles. En 197, la batalla de Lugdunum (Lyon) decide la derrota de Clodio Albino frente a Septimio Severo.

Desde finales del II y sobre todo en el III, incursiones francas y alamanas golpean la Galia cada vez con más frecuencia y profundidad. Se refuerzan murallas y guarniciones, pero el equilibrio se deteriora.
En 260, Postumo crea un poder autónomo en Occidente (Galia, Britania y parte de Hispania). El sistema funciona más de una década, pero acaba reintegrado por Aureliano en 274.

Inestabilidad imperial, devaluación monetaria, presión fiscal, saqueos e inseguridad rural alimentan revueltas como la de los bagaudas (285).
Las reformas culminan con la Tetrarquía (293): poder compartido, reforzamiento administrativo y nuevo protagonismo estratégico de la Galia (Tréveris).
El periodo 100–300 no es simple decadencia: combina prosperidad, crisis y transformación. Prepara la transición hacia la Antigüedad tardía, donde la Galia seguirá siendo un territorio decisivo.