
1316 à 1322
El advenimiento de Felipe V, llamado el Largo, en 1316, se inscribe en un contexto de crisis dinástica sin precedentes para la monarquía capeta. Tras la muerte de Luis X el Obstinado, y luego la de su hijo póstumo Juan I, la sucesión al trono de Francia plantea una cuestión mayor: la de la transmisión de la corona en ausencia de un heredero varón duradero. El acceso de Felipe, hermano de Luis X, marca así una etapa decisiva en la afirmación del principio según el cual la corona no puede transmitirse por las mujeres ni a través de ellas.
El nuevo rey hereda un reino todavía poderosamente estructurado por la obra de Felipe el Hermoso, pero debilitado por las tensiones acumuladas a lo largo de los reinados precedentes. Las dificultades fiscales, el descontento nobiliario, la cuestión flamenca, las secuelas del asunto de los Templarios y las incertidumbres sucesorias pesan sobre el equilibrio del reino. En este contexto, Felipe V debe a la vez afianzar la legitimidad de su poder y restaurar una forma de estabilidad política.
Apodado «el Largo», Felipe aparece generalmente como un soberano más metódico y más político que su hermano mayor. Su reinado, aunque relativamente breve, está marcado por una voluntad de reorganización administrativa, de racionalización del gobierno y de consolidación de la autoridad real. Menos dramático que el de Luis X, en apariencia menos conflictivo que el de Felipe el Hermoso, desempeña sin embargo un papel esencial en la evolución de las instituciones capetas.
Advenimiento del rey Felipe V: Unknown 14th-c. French artist, Public domain, via Wikimedia Commons
El reinado de Felipe V se caracteriza así por una búsqueda de orden y eficacia. El rey se esfuerza por restablecer las finanzas, encuadrar mejor a los oficiales, reforzar el funcionamiento de la administración real y estabilizar el reino tras varios años de incertidumbre. Su gobierno se inscribe en la continuidad de la monarquía administrativa construida por su padre, buscando al mismo tiempo corregir algunas de sus tensiones más vivas.
El reinado de Felipe el Largo ocupa así un lugar importante en los últimos años de la dinastía capeta directa. Confirma la solidez de las instituciones reales, pero muestra también que la cuestión sucesoria se ha convertido en un elemento central del equilibrio político del reino. A través de él prosigue la lenta transformación de la monarquía capeta en un Estado más ordenado, más jurídico y más estrechamente controlado desde el centro.
El acceso de Felipe V el Largo se desarrolla en un contexto de extrema incertidumbre dinástica. Tras la muerte de Luis X el Obstinado, el conde de Poitiers, hermano del rey difunto, regresa rápidamente a París para ejercer la regencia mientras se espera el nacimiento del hijo póstumo de la reina Clemencia de Hungría. Su regreso a la capital, en julio de 1316, le permite tomar en sus manos el gobierno del reino en el momento en que se juega el futuro de la sucesión capeta.
Al mismo tiempo, Felipe interviene también en los asuntos de la Iglesia. En junio de 1316, mientras reside en Lyon, presiona al cónclave reunido para la elección del nuevo papa, hasta el punto de hacer tapiar los accesos del lugar de reunión para acelerar la designación del pontífice. El 7 de agosto de 1316, los cardenales eligen finalmente a Jacques Duèse, quien adopta el nombre de Juan XXII. Instalado de manera duradera en Aviñón, este desarrolla una curia más centralizada y refuerza la fiscalidad pontificia, dando una nueva amplitud al papado aviñonés.
Durante la regencia, Felipe debe también hacer frente a tensiones nobiliarias. El 30 de octubre de 1316, toma la oriflama en Saint-Denis y marcha contra Roberto de Artois, involucrado en un nuevo conflicto contra su tía Mahaut de Artois. Esta demostración de autoridad culmina en la sumisión del conde, que se entrega prisionero. El episodio revela la voluntad del futuro rey de restaurar el orden tras los disturbios del final del reinado precedente.
La crisis sucesoria alcanza su punto culminante en el otoño. El 15 de noviembre de 1316, la reina da a luz a un hijo, Juan I, llamado más tarde Juan el Póstumo, que se convierte inmediatamente en rey. Sin embargo, el niño muere el 19 de noviembre. Felipe de Poitiers es entonces proclamado rey bajo el nombre de Felipe V. Esta sucesión es luego consolidada por una asamblea de notables reunida a comienzos de 1317, que afirma el principio según el cual las mujeres no suceden a la corona de Francia. Esta decisión aparta a Juana de Navarra, hija de Luis X, y constituye una etapa decisiva en la formulación del principio de masculinidad sucesoria, reinterpretado más tarde como derivado de la «ley sálica».
El nuevo soberano es coronado en Reims el 9 de enero de 1317, al mismo tiempo que su esposa Juana de Borgoña. Su reinado se abre así bajo el signo de la legitimación dinástica y de la consolidación institucional. La incorporación del condado de Borgoña a la esfera capeta mediante el matrimonio real contribuye a reforzar todavía más el peso territorial y político de la dinastía.
Los primeros años del reinado están marcados por una voluntad de reorganización del reino. En 1317, el papa Juan XXII, mediante la bula Sane considerante del 25 de junio, eleva Toulouse a arzobispado y crea varios obispados nuevos en el Mediodía. Esta reorganización eclesiástica acompaña el encuadramiento más estrecho de una región que desde hace tiempo está en el centro de la afirmación monárquica y de la lucha contra la herejía.
En 1318, Felipe V prosigue esta política de racionalización. El 23 de enero, el Gran Consejo pronuncia la liberación de los siervos del dominio real, prolongando en otro marco las medidas tomadas bajo Luis X a favor de la libertad personal. El 25 de febrero, una ordenanza real menciona explícitamente la gabela, impuesto sobre la sal llamado a desempeñar un papel creciente en las finanzas monárquicas. Finalmente, la ordenanza de Pontoise del 18 de julio de 1318 reorganiza el Consejo del rey, testimoniando la voluntad del soberano de estructurar mejor los instrumentos del gobierno central.
Así, entre 1316 y 1318, el reinado de Felipe V el Largo se abre con una doble afirmación: la de su legitimidad dinástica, en un contexto de sucesión disputada, y la de un poder real preocupado por restaurar el orden, reorganizar la administración y consolidar los principios de gobierno heredados de la monarquía de Felipe el Hermoso.
Al final del reinado de Felipe V el Largo, la monarquía prosigue su esfuerzo de consolidación administrativa y patrimonial, al tiempo que se enfrenta a violentos disturbios populares y religiosos en el Mediodía. Estos años ven a la vez un refuerzo de la autoridad real sobre ciertas tierras disputadas, una estabilización relativa de las relaciones con Flandes, y un aumento de las persecuciones contra los judíos y los leprosos en varias regiones del reino.
El 24 de febrero de 1320, en aplicación de una decisión tomada ya en 1318, una resolución del Parlamento de París ordena el retorno al dominio real de los castillos, tierras y derechos que habían sido objeto de donaciones bajo Felipe III el Atrevido y Felipe IV el Hermoso. Esta medida se inscribe en una política más amplia de reconstitución del dominio de la corona y de limitación de las enajenaciones concedidas por los reinados precedentes.
Ese mismo año, la cuestión flamenca conoce un relativo apaciguamiento. El 5 de mayo de 1320, el conde Roberto de Béthune, venido a París, renuncia a la Flandes galicante y jura fidelidad al rey de Francia. Este acto marca una etapa importante en la resolución del largo litigio entre la monarquía capeta y el condado de Flandes tras los conflictos de las décadas precedentes.
Miniatura que representa a los Pastorcillos asediando Verdun-sur-Garonne en el Languedoc en 1320, donde matan a 500 judíos. Un bebé es arrojado desde lo alto de la torre en llamas. La página lleva por título “De la turba de los pastorcillos”. Manuscrito iluminado, Crónicas de Francia o de Saint-Denis, British Library Royal, Public domain, via Wikimedia Commons
Sin embargo, el año 1320 está también marcado por una fuerte agitación popular. A partir del mes de junio, el movimiento de los Pastorcillos se extiende por el sur del reino. Bandas armadas entran en Albi el 25 de junio, luego en Carcasona el 29 de junio, antes de extender su violencia hacia Navarra, las provincias vascas, el sur de la Aquitania y el Languedoc. Bajo el pretexto de un impulso religioso o de una cruzada popular, estos grupos atacan a los judíos, a sus barrios, así como a los leprosos, en un clima de pánico y desorden.
Este estallido de violencia tiene una continuación en 1321. El 24 de junio, en Aquitania, se acusa a los leprosos de haber sido sobornados por los judíos para envenenar las fuentes y los manantiales. El rumor se difunde rápidamente y provoca nuevas persecuciones tanto en Aquitania como en Languedoc. Estas acusaciones, sin fundamento, forman parte de un imaginario de complot muy presente en las sociedades medievales en tiempos de tensión y contribuyen a justificar la extensión de la violencia contra grupos ya marginados.
Así, los años 1320–1321 ilustran un doble movimiento característico del final del reinado de Felipe V: por un lado, una monarquía preocupada por restaurar su dominio e imponer su autoridad en los márgenes del reino; por otro, una sociedad recorrida por miedos colectivos, violencias populares y persecuciones religiosas que revelan la fragilidad persistente del orden político y social.
El último año del reinado de Felipe V el Largo se inscribe en la continuidad de un gobierno preocupado por la reorganización administrativa y la consolidación monárquica, pero desemboca sobre todo en una nueva ruptura dinástica. Como su hermano Luis X, Felipe V muere sin dejar un hijo varón que le sobreviva, lo que reabre la cuestión de la sucesión a la cabeza del reino.
El 3 de enero de 1322, Felipe V muere en la abadía de Longchamp, cerca de París. Su reinado, iniciado en las incertidumbres de la sucesión de 1316, se cierra tras poco más de cinco años de gobierno. Aunque relativamente breve, estuvo marcado por una voluntad constante de restablecer el orden en el reino, reforzar el funcionamiento de las instituciones reales y encuadrar mejor las finanzas así como el dominio de la corona.
Bajo su autoridad, la monarquía prosiguió la obra administrativa emprendida bajo Felipe el Hermoso, buscando al mismo tiempo corregir ciertos desequilibrios heredados de los reinados precedentes. La reorganización del Consejo del rey, la afirmación del papel del Parlamento, el retorno al dominio real de varias tierras enajenadas y el encuadramiento más metódico de los agentes de la corona atestiguan esta orientación. Su reinado vio también el afianzamiento del principio según el cual la corona de Francia no puede transmitirse por las mujeres ni a través de ellas, principio formulado en su advenimiento y llamado a desempeñar un papel mayor en la historia dinástica francesa.
Sin embargo, a pesar de esta obra de consolidación, Felipe V no deja heredero varón. Su muerte provoca así el acceso al trono de su hermano menor, Carlos IV, último hijo de Felipe el Hermoso, que se convierte en rey de Francia bajo el nombre de Carlos IV el Hermoso. Esta nueva sucesión entre hermanos confirma la solidez inmediata de la dinastía capeta, pero subraya también su fragilidad creciente, ya que la transmisión directa de padre a hijo queda ahora interrumpida por segunda vez en pocos años.
El reinado de Felipe V el Largo aparece así como una fase de estabilización relativa entre dos reinados breves. Menos espectacular que el de Felipe el Hermoso, menos agitado que el de Luis X, no dejó de contribuir a consolidar los mecanismos institucionales de la monarquía capeta. Su muerte abre sin embargo un nuevo período de incertidumbre, a apenas unos años de la extinción definitiva de la línea directa de los Capetos.